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Por Jorge Sotero ()
La Habana.- El canciller cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, ha salido al paso de las amenazas de Trump con un comunicado que parece extraído del manual del buen hipócrita. En su publicación, Rodríguez defiende con una solemnidad que enternecería a cualquier incauto «el derecho inalienable a la libre determinación». Además, defiende «el derecho de cada pueblo a elegir su propio sistema político» y «el respeto a la igualdad soberana de los Estados».
Uno lee esas líneas y no sabe si reír o llorar. Porque el hombre que escribe esas palabras, el mismo que las firma con la gravedad de un estadista, pertenece a un régimen. Dicho régimen lleva sesenta y siete años violando sistemáticamente cada uno de esos principios dentro de su propio territorio.
La pregunta es tan obvia como brutal: ¿dónde estaba ese fervor por la libre determinación cuando el partido único secuestró la voluntad de millones de cubanos? ¿Dónde estaba ese respeto por el sistema político, económico, social y cultural de los demás? Esto se pregunta uno cuando la dictadura castrista impuso el marxismo-leninismo a punta de bayoneta.
¿Dónde estaba esa defensa de la igualdad soberana cuando una familia se adueñó del país entero, convirtiendo a los ciudadanos en súbditos sin derechos, sin voz? Además, ¿dónde estaba cuando no tenían posibilidad siquiera de elegir a sus gobernantes?
Rodríguez Parrilla habla como si Cuba fuera una democracia modélica, cuando en realidad es el ejemplo más acabado de lo que él dice combatir.
El canciller, que debe estar sufriendo una gastroenteritis aguda ante las recientes declaraciones de Trump, clama ahora por el diálogo, la cooperación y la solución pacífica de controversias. Palabras hermosas, sin duda. Palabras que cualquier persona de bien suscribiría sin dudar. Pero dichas por él, por el representante de un régimen que ha encarcelado a más de mil jóvenes por protestar. Además, que ha fusilado a opositores, que ha torturado en sus prisiones, que ha negado la atención médica a los presos políticos. En consecuencia, esas palabras se convierten en un insulto a la inteligencia. Es como si un ladrón diera una conferencia sobre la propiedad privada.
Lo que Rodríguez no dice, lo que omite cuidadosamente en su declaración, es que la injerencia externa que denuncia no es nada comparada con la injerencia interna que su propio gobierno ejerce sobre los cubanos. ¿Qué soberanía puede reclamar un régimen que ni siquiera permite a sus ciudadanos decidir su futuro? ¿Qué libre determinación puede defender un sistema que no consulta jamás a su pueblo? ¿Y qué respeto a la igualdad soberana puede predicar una dictadura que ha anulado cualquier atisbo de igualdad entre los cubanos? La hipocresía de Rodríguez es tan monumental que abruma.
Pero hay algo más. Algo que este canciller debería explicar si tuviera un mínimo de honestidad. ¿Por qué su régimen ha sido tan celoso de su soberanía para rechazar cualquier injerencia externa? Sin embargo, resulta tan generoso con la soberanía de otros pueblos. Esto pasa cuando se trataba de enviar «misiones» militares a África, de adiestrar guerrillas en América Latina, de desestabilizar gobiernos democráticos en el continente. ¿Por qué la «libre determinación» es un derecho sagrado para Cuba, pero no para Angola, Etiopía, Nicaragua y todos los países donde los Castro intervinieron a sangre y fuego para imponer su proyecto?