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Por Hermes Entenza ()

Núremberg.- Agota ver tanto desbarajuste político, tanto show, tanta miseria y tanta mierda envuelta en celofán con la etiqueta Made in Cuba. Ya no me dan deseos de revisar las redes sociales porque, cada vez que accedo, hay un nuevo escándalo, una nueva razón para confirmar que Cuba ha tocado el fondo más aberrante de su historia.

«Hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé»… Ah, no jodas, Vallejo. En mi caso, como cubano, yo sí sé: Cuba tiene que cambiar hoy o mañana, no el próximo año ni el próximo mes. La dictadura necesita caer definitivamente porque todo lo que vemos es la prueba de que, tras décadas, ya llegó al nivel que merece: el ridículo.

Si algo tememos los humanos es hacer el ridículo. Tenemos estrategias para «pecar», diluirnos en el odio, asumir vicios o degeneraciones y, aun así, seguir viviendo con cierto orgullo. Pero cuando nos volvemos ridículos, no hay salvación ni formas de redención.

Cuando era adolescente, me cagué en una guagua. Regresaba a casa con una noviecita que me encantaba, pero al ocurrir el accidente, le grité al chofer y salí como una bala por la puerta. Nunca más la vi, nunca. Han pasado más de 50 años y no he logrado olvidar ese suceso tan lamentable.

Un gobierno ridículo

Pero no hablo de la ridiculez visual de nuestro andar como seres medianamente pensantes; hablo de la maquinaria interna que nos lleva a transgredir las leyes de la estética espiritual. El gobierno cubano, además de la miseria, el hambre, la represión y la bazofia moral, es ridículo. Miguel Díaz-Canel es ridículo, el canciller Bruno es ridículo, el Partido Comunista es ridículo. No es lo mismo atormentar a un pueblo asumiendo que la moral no existe, que demolerlo mientras se canta victoria y se fabrican escritos, canciones y banderitas para alabar el desastre.

La ridiculez es algo raro. Fidel Castro no era un ridículo; fue un dictador egocentrista, asesino y petulante, culpable número uno de todas las desgracias de Cuba. Ridículos son Raúl Castro y Díaz-Canel, dos tipos que cargan lo peor de nuestra historia actual intentando engrandecer al monstruo de Fidel. Claro, hablamos de unos ridículos que cargan los mismos atributos de su maestro.

Si Fidel se hubiera cagado en una guagua, se habría disculpado públicamente y, seguidamente, la guagua habría desaparecido y nunca más veríamos a los pasajeros. No había internet; por lo tanto, nadie sabría del suceso. Si se caga Canel, lo bajan y lo montan en un avión. A los pasajeros no les sucede nada, pero al otro día sale en la TV y en el Granma un reportaje sobre las «ventajas sociales de oler la mierda humana» y la gran estrategia presidencial de cagarse honorablemente frente a un público antiimperialista que lo felicitó por la acción.

El ridículo de los flotilleros

Una plataforma política como el PCC, y tunantes como Canel y Raúl, aúpan hordas que, más que ridículas, son miserables voceros de la miseria moral. Son los ejecutores de la parafernalia, desde Silvio Rodríguez y Raúl Torres hasta los miles de panfleteros y lameculos que añoran cinco minutos de aplausos del Partido.

Milan Kundera escribió en una de sus novelas —no recuerdo si en La Broma o La Insoportable Levedad del Ser— que los sistemas comunistas son de mal gusto (kitsch) porque ensayan cada día una victoria que nunca llega, pero los audios, desde la mañana, no se cansan de anunciarla. Son los miserables que lamen las botas del rey ridículo y de un partido diez veces más ridículo porque atiza el fuego, pone los bafles y canta la victoria que no se avizora para, después, repartir la merienda.

A veces el Partido necesita eco mundial para ganar adeptos. Son los miserables que aportan decibelios y trajes de payaso para un espectáculo lacrimoso. Así aparecen flotillas de mojoneros que, viviendo en la ridiculez de ser inadaptados en sus países, sus universidades y hasta en sus hogares, se enamoran de una isla destruida para sentir que son ángeles cuando regalan galletitas a niños que ya no recuerdan su sabor. Ellos, apenas cierran las puertas del hotel 5 estrellas, ahítos de jama utópica para los cubanos de a pie, se marchan y olvidan a esos niños, porque lo que importa es relucir, bailar y beber en un país que ya no tiene nombre propio.

Es muy cómodo para los flotilleros visitar una isla con una realidad que para ellos no existe.

¡Qué más se le puede pedir a la vida!

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