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Por Joaquín Santander ()
Caracas.- Hay un sonido que atraviesa el tiempo, la retórica y el cinismo político: el de una madre quebrada. No es un discurso, no es una consigna. Es un grito animal que sale del vientre, de ese lugar donde se anudan la vida y el dolor. Una mujer, su nombre es lo de menos porque hoy es todas, se desploma frente a un muro anónimo donde le han robado a su hijo. Y sus palabras no son una súplica, son una rendición al horror:
«Ya no puedo más con esto. Me duelen las entrañas, Señor. Toma mi vida, Señor». Ahí, en esa oferta de canjear su propia existencia por un segundo de alivio, se define la verdadera catástrofe. No es la económica, es la moral. Un régimen se mide por el llanto de sus madres.
Que esa frase, desgarrada y santa, retumbe ahora en los oídos de los cómplices. Que la escuchen en los salones alfombrados de La Habana, donde se planea la perpetuación del castigo. Y que la oigan en los bunkers de Managua, donde se teoriza sobre la soberanía mientras se patrocina la tortura. Que les zumbe en la sien a los intelectuales de salón, a los periodistas obsecuentes, a los políticos extranjeros que aún hablan de «diálogo» y «no intervención» mientras un ser humano ofrece su vida a Dios porque el Estado le ha convertido la suya en una cámara de tormentos. Su complicidad tiene el mismo olor que el cemento de ese calabozo.

No se puede, no se debe tener piedad con quienes han agotado la piedad ajena. La compasión para los verdugos es la traición final a las víctimas. Quien hoy defiende, justifica o mira para otro lado frente a la maquinaria chavista-madurista, quien celebra su alianza con los déspotas de la isla o del lago, no está cometiendo un error geopolítico. Está secando las lágrimas de esa madre con un discurso. Está diciéndole, con la elegancia cobarde de la equidistancia, que su dolor es un daño colateral aceptable. Hay una línea infranqueable: la que separa a quienes lloran de quienes hacen llorar. Y del lado equivocado de esa línea no hay debate posible, sólo exigencia de justicia.
El dolor de esa mujer es el termómetro exacto de la barbarie. Los índices macroeconómicos mienten; las declaraciones oficiales mienten; las fotos de obras públicas mienten. Pero un cuerpo temblando de agonía frente a la piedra donde torturaron a su hijo no miente. Ese es el «logro» tangible del socialismo del siglo XXI: la producción industrial de desconsuelo. Han convertido la patria en una morgue en espera y la política en una coartada para la sevicia. Y lo más nauseabundo es que se creen con derecho a gobernar, a dar lecciones, a sentarse en foros internacionales mientras el eco de ese «Toma mi vida, Señor» les sigue como un lamento que no pueden silenciar.
A aquellos a quienes aún «les duele» la mera idea de que Nicolás Maduro enfrente una corte de justicia, habría que preguntarles: ¿Dónde estaba su dolor cuando le dolían las entrañas a esta madre? ¿Qué valía su sensibilidad jurídica o su antiimperialismo de cartón mientras un hijo era convertido en objeto de interrogatorio? Su supuesto dolor no es por la justicia, es por la impunidad. Es la nostalgia del fuero, el pánico a que el castigo, por una vez, alcance a los que mandan a castigar. Quieren compasión para el tirano, pero se la negaron rotundamente a su víctima. Es la ética del revólver: lloran por el gatillo, pero son sordos ante el disparo.
Que el himno de esta madre, su ofrenda desesperada, no caiga en el vacío. Que sea la letra con la que se escriba la condena histórica. No hay causa política, por milenaria que se presente, que valga una lágrima de madre. Quien gobierna provocando ese quebranto no es un líder, es un delincuente. Y quien lo defiende, su abogado. El mundo decente, el que aún cree en una humanidad básica, no tiene tarea más urgente que hacer que ese dolor sirva para algo. Que la justicia, tarde o temprano, llegue no como venganza, sino como la única respuesta digna posible a un grito que ya no pedía justicia, sino la muerte por piedad.