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Por Datos Históricos
La Habana.- No huyó. No gritó. No intentó hacerse invisible. A nueve mil metros de altura, un hombre le pidió una selfi a quien decía llevar explosivos.
Y sí, ocurrió de verdad.
El 29 de marzo de 2016, Ben Innes viajaba en el vuelo MS181 de EgyptAir, de Alejandría a El Cairo. A mitad de trayecto, un pasajero afirmó llevar un chaleco con explosivos y obligó a desviar el avión hacia Chipre. El miedo se apoderó de la cabina. No era una película. Era una amenaza real.
Tras aterrizar, la mayoría de los pasajeros fueron liberados. Algunos permanecieron a bordo. Innes decidió quedarse.
Lo que hizo después parece una escena escrita para internet, pero está documentado. Se acercó al secuestrador y le pidió una selfi. El hombre aceptó. Innes sonrió para la cámara mientras las negociaciones aún continuaban.
Más tarde explicó que no fue valentía. No fue sangre fría. Pensó que podía morir. Fue humor negro. Fue una forma absurda de enfrentar lo insoportable. Si aquel momento era el final, quería dejar una imagen que capturara lo surrealista de la situación.
El chaleco resultó ser falso. El secuestrador se entregó sin que nadie resultara herido.
La fotografía dio la vuelta al mundo. Algunos la vieron como irresponsabilidad. Otros como ironía extrema. Pero hay algo más profundo ahí.
Ante una amenaza real, el instinto de ese hombre no fue gritar ni desafiar. Fue registrar. Documentar. Convertir el miedo en una imagen.
Vivimos en una era donde la cámara no solo captura la historia. Se convierte en parte de cómo la enfrentamos. Incluso frente a la posibilidad de no salir con vida.
A veces la historia no la escriben los héroes tradicionales. A veces la escribe alguien que, en el momento más extraño de su vida, decide sacar el teléfono.