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Por Max Astudillo ()
La Habana.- El régimen de los hermanos Castro no solo se consolidó mediante fusilamientos y prisiones políticas; perfeccionó una arma más sutil y letal: la miseria administrada. Ya desde los años 90, tras el colapso del subsidio soviético, la nomenclatura reveló, sin ambages, su cálculo más frío: preferiría ver al pueblo cubano sucumbir al hambre y las enfermedades antes que ceder un ápice de su monopolio político.
La célebre «Opción Cero» de Fidel Castro no fue un plan de contingencia económica, sino una declaración de principios de la tiranía: el poder, para ellos, valía más que la vida de la nación.
Esta revelación desnuda el núcleo del castrismo. Nunca se trató de una ideología política con principios o reglas morales mínimas. El socialismo fue, desde el inicio, una coartada útil, un decorado ideológico para camuflar lo que siempre fue: un negocio familiar de dimensiones estatales.
Las primeras fracturas dentro del movimiento que derrocó a Batista no ocurrieron por diferencias doctrinales, sino porque figuras como Hubert Matos o Camilo Cienfuegos intuyeron —y en algunos casos, comprobaron— que la ambición de Fidel Castro no tenía límites y que su alianza con la Unión Soviética era menos un acto de fe marxista que un cálculo geoestratégico para blindar su poder personal.
Para sostener esta farsa, el régimen necesitó un chivo expiatorio perpetuo: el embargo estadounidense, elevado a la categoría de «bloqueo» en su propaganda. Esta narrativa, repetida hasta la saciedad durante seis décadas, ha sido el gran pretexto para justificar lo injustificable: la privación sistemática de las condiciones materiales más elementales, la anulación de todos los derechos y el sometimiento de un pueblo entero a un estado de necesidad permanente.
El «bloqueo» no es la causa de la ruina cubana; es la cortina de humo que oculta la causa real: un sistema diseñado para extraer riqueza y libertad hacia la cúpula.
El resultado de esta ingeniería del sufrimiento ha sido la creación de una dinastía mafiosa sin parangón en el hemisferio occidental. La familia Castro y la cúpula militar que la sostiene se han constituido en una estructura de poder corrupta y criminal, donde el generalato maneja los resorts turísticos y los monopolios de importación, mientras el ciudadano común hace cola por un pollo.
Han convertido un país en su finca personal, y a su población, en siervos cuya principal función es padecer para justificar la represión.
Ante este panorama, la disyuntiva actual no es ideológica, sino existencial. No se debate entre socialismo y capitalismo, sino entre vida y muerte.
La comunidad internacional, y especialmente la administración norteamericana, debe comprender que negociar con esta cúpula es conceder oxígeno a un proyecto genocida. No hay reforma posible, ni «socialismo próspero y sostenible». Solo hay una salida: el desmantelamiento completo del aparato castrista.
La presión debe ser total y asfixiante, no para doblegar al pueblo —que ya está doblado—, sino para reventar los diques que sostienen a la élite depredadora.
Por tanto, la consigna «No más dictadura» no es un mero lema; es un imperativo moral y un programa de acción. El fin del castrismo no llegará por evolución interna, porque su esencia es inmodificable. Llegará cuando el cerco exterior sea tan absoluto que le arrebate a la dinastía su último recurso: la capacidad de canjear el hambre del pueblo por su propia perpetuación.
El mundo debe elegir: o es cómplice de esta maquinaria de dolor, o se convierte en el instrumento de su disolución. No hay término medio.