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Por Yin Pedraza Ginori ()
Madrid.- Aquella madrugada fría de febrero de 2026, La Habana dormía como siempre: triste y oscura por el apagón y con el estómago vacío.
A la 01:32, cuando los satélites rusos de la Contrainteligencia del MINFAR detectaron que el portaaviones yanki había comenzado a navegar rumbo a Cuba, se dio la alarma. Todos los altos dirigentes del castrismo recibieron por whatsapp la expresión “pitirre en el alambre”, la contraseña que les convocaba a una reunión urgente.
Un rato después, un vistazo al parqueo del Palacio de la Revolución repleto de autos oficiales, indicaba que toda la cúpula estaba dentro del edificio. En el salón del Consejo de Ministros, el presidente, primer secretario y comandante en jefe Díaz-Canel encabezaba un cónclave de uniformados de verde olivo. La gran pantalla, fragmentada en muchos pedazos, mostraba a los responsables políticos y militares de las provincias que participaban vía zoom.
Al iniciarse la reunión, Machado Ventura pidió la palabra. Dijo que ahogado por el bloqueo naval absoluto de los últimos días, que impedía la llegada de cualquier barco a las costas cubanas, el proceso revolucionario, que tanto sacrificio costó, había llegado a su final. Con cara compungida, informó que el General de Ejército Raúl, con infinito dolor en su alma y para evitar un inútil baño de sangre, había cuadrado con los americanos. A cambio de un exilio seguro y tranquilo para él y su familia en un país que no especificó, el general había ordenado a las fuerzas armadas que no opusieran resistencia a la invasión estadounidense si esta se producía. Y con la misma, abandonó Cuba, cual Batista aquel 1 de Enero.
La informacion de Machado cayó como una escupitajo en un hormiguero. Todos se miraron, a cual más asombrados de que Raúl les traicionara. “Viejo cañengo, maricón de mierda, me cago en la madre que te parió”, dijo Ramiro Valdés en alta voz, expresando lo que todos estaban pensando.
Díaz-Canel rompió a llorar, demostrando que un sinvergüenza hijoeputa como él también puede tener su corazoncito. “¿Cómo pudo el jefe hacerme eso a mí, a mí que le serví fielmente?”, se cuestionaba, mientras las lágrimas salían a chorros de sus ojos.
A eso de las dos y cuarto, los cazas comenzaron a sobrevolar la capital y el tremendo ruido que hacían despertó a la gente. Yuniesisleidys, su mamá Dorotea y sus tres niños, salieron de su vivienda apuntalada y se unieron al grupo creciente de vecinos que, en medio de la calle Chacón, miraban hacia el cielo, se preguntaban qué estaba pasando y se daban respuestas tan variadas como especulativas.
Mientras en la Plaza, dentro de la reunión, la cosa se iba caldeando más y más. Desde Oriente informaban que aviones de la Base de Guantánamo estaban dejando caer paracaidistas en los alrededores de Santiago. El PCC de la Isla de la Juventud solicitaba orientación ante el hecho de que soldados de la Delta Force se paseaban por las calles de Nueva Gerona.
El primer ministro Marrero se dirigía a sus camaradas, planteando que “ahora los revolucionarios tenemos que estar más unidos que nunca”, cuando afuera un señor gordo se bajó de un coche con chapa diplomática, se acercó a la garita y le dijo al soldado de guardia.
–Buenas noches. Soy el embajador americano.
Los asistentes a la reunión, todos a una, se pusieron de pie al ver entrar al míster, flanqueado por el sonriente canciller Bruno que había salido a recibirle. Cuando el hombre llegó al micrófono, se sentaron, expectantes.
–Señores, la Operación Guarapo ha comenzado –dijo con voz tranquila–. Para evitar una situación de vacío de poder que provoque en el país un caos generalizado, hemos decidido aplicar en Cuba el Sistema Delcy/Venezuela. Desde este momento, tienen veinte minutos para elegir entre ustedes a un Presidente Encargado, quien nombrará un nuevo gobierno y liderará la transición de la dictadura a la democracia.
–Con su permiso, señor embajador…
–No me interrumpa, no he terminado. Dicho Presidente Encargado será la única persona presente en esta sala que no será detenida, enjuiciada y severamente castigada por sus responsabilidades en los crímenes y abusos cometidos por la Revolución.
–¿El único que se librará? –preguntó Morales Ojeda.
–Exactamente.
Cuando el americano salió, les dijo a los guardaespaldas que esperaban en el vestíbulo que se podían marchar.
–Aquí ya no tienen nada que hacer, muchachos.
Dentro de la sala se formó el gran titingó y la unidad que momentos antes había reclamado Marrero se fue al carajo. Todos acusándose entre sí, cada uno postulándose para ser presi encargado, tirando de currículo, argumentando, discutiendo acaloradamente con malas formas, queriendo salvar el pellejo. La situación pasó de ser la de un gallinero alborotado a descontrolarse completamente cuando el Ministro del Interior le soltó un puñetazo a Esteban Lazo y el primer secretario del partido en La Habana se abalanzó sobre Inés María Chapman derribándola.
A los 19 minutos exactos, el embajador volvió y el espectáculo que presenció le recordó las broncas en el parlamento de Corea del Sur que había visto por televisión.
Como no se pusieron de acuerdo, el americano, siguiendo las instrucciones que le habían dado desde Washington, decidió que nombraría presidente a un cubano de a pie que tuviera pinta de machacado y buena gente. El primero que le vino a la mente fue un viejo muy flaco llamado Juan Pedro que había conocido varios meses antes haciendo la cola del pan en Regla.
Finalizada la reunión de la cúpula, el embajador los montó a todos en unas guaguas chinas que había alquilado y esperaban junto al Palacio. El plan era conducirlos hasta la Tribuna Antiimperialista, precisamente el mismo sitio frente a la Embajada que había sido escenario de tantas concentraciones contra los yankis. Allí serían recogidos por los helicópteros y llevados hasta el portaaviones, pero la idea se alteró unos minutos cuando el americano accedió a una extraña petición de Díaz-Canel: que hicieran una parada en el policlínico más cercano para que le hicieran una extracción.
–Es que soy un hombre de palabra y para ser coherente con lo que he dicho y redicho tantas veces, en el momento final de la revolución daré por ella hasta la última gota de sangre.