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El fútbol como refugio

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Cuando Luka Modrić tenía seis años, su abuelo fue asesinado a tiros.

Poco después, su familia perdió su casa y se convirtió en refugiada durante la guerra de los Balcanes. Vivían en hoteles improvisados y refugios temporales mientras los combates se acercaban cada vez más. Luka aprendió a dormir escuchando explosiones. Aprendió a distinguir el sonido de un mortero del de una granada antes de aprender geografía.

El fútbol no era un sueño. Era un refugio.

Jugaba en pasillos, en patios improvisados, en cualquier lugar donde una pelota pudiera rodar sin que cayera una bomba. Era pequeño, delgado, silencioso. Demasiado pequeño, dijeron. Demasiado frágil. Demasiado tímido para el fútbol profesional.

Nadie veía en él a un futuro líder. Solo a un niño que no parecía encajar en la idea de fuerza que se tenía entonces. Pero Luka no dejó de jugar.

No levantó la voz. No protestó. Y no intentó parecer más grande de lo que era. Simplemente siguió creciendo por dentro mientras el mundo a su alrededor se deshacía.

Años después, ese niño llevó a Croacia a su primera final de una Copa del Mundo. Ganó el Balón de Oro. Levantó cinco veces la Liga de Campeones con el Real Madrid. Se convirtió en capitán. En referencia. En símbolo.

No porque fuera el más fuerte. Sino porque había aprendido a resistir cuando todo se caía.

El ruido con el que creció no lo hizo duro. Lo hizo preciso. No lo hizo violento. Lo hizo persistente.

La guerra le quitó su infancia. Pero no le quitó el camino.

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