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Por Ajedrez al 100
La Habana.- Bobby Fischer, el hombre que desafió a todo el mundo para coronarse campeón mundial, tuvo un final tan enigmático como su vida. Según biografías verificadas y testimonios cercanos, la última semana de Fischer estuvo marcada por soledad, rutina obsesiva y recuerdos del ajedrez que lo acompañaron hasta el último momento.
Quienes lo vieron recuerdan que Fischer casi no hablaba con nadie, pasando la mayor parte del tiempo en su residencia en Islandia, donde se mudó tras sus conflictos con la FIDE y su exilio autoimpuesto. Se dice que revivía partidas memorables de su carrera, anotaba movimientos y revisaba partidas históricas como si estuviera aún en pleno torneo, incapaz de desconectarse del tablero que definió su vida.
Su salud era frágil; Fischer evitaba atención médica y su alimentación era mínima y rutinaria. Los días transcurrían entre silencio absoluto y llamadas esporádicas a amigos o conocidos del ajedrez, muchos de los cuales contaban que siempre terminaban hablando de estrategias y partidas, como si Fischer quisiera vivir su legado hasta el último segundo.
El 17 de enero de 2008, Bobby Fischer falleció. Lo hizo sin grandes ceremonias ni público, solo acompañado por unas pocas personas que habían logrado ganarse su confianza. Su muerte dejó un vacío y un misterio: un genio que conquistó el mundo del ajedrez, pero que nunca pudo vencer del todo su propia soledad y obsesión.
Esa última semana de Fischer nos recuerda que la grandeza puede ser inmensa, pero también extremadamente solitaria, y que los genios a veces se retiran del mundo antes de que podamos comprenderlos por completo.