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Por Anette Espinosa ()
La Habana.- Las calles polvorientas de San José de las Lajas, en la provincia de Mayabeque, fueron testigos este lunes de una imagen que ha desatado un torbellino de preguntas y un tenue hilo de esperanza.
Según fuentes de El Vigía de Cuba, el joven opositor Nadir Martín Perdomo, preso político condenado a siete años de privación de libertad, fue visto caminando en su pueblo natal. Su figura, reconocida por vecinos que prefieren el anonimato, aparece como un espejismo en el paisaje cotidiano, un destello que interrumpe la crónica sepia del encierro. La incógnita es espesa: ¿se trata de un pase penitenciario, una salida transitoria por su delicado estado de salud, o el régimen ha comenzado, sigilosamente, a ceder ante la presión?
La salud de Nadir ha sido, desde su encarcelamiento, un grito constante de su madre, Marta Perdomo. Ella ha denunciado, una y otra vez, el deterioro físico de su hijo, las condiciones insalubres de la prisión y la negligencia médica calculada como un método más de tortura.
Sus alegatos, difundidos en redes sociales y a través de activistas, pintan el cuadro de un cuerpo joven quebrantado por un sistema diseñado para el castigo y la deshumanización. Que ahora Nadir pueda ser visto fuera de los muros de la prisión alimenta, inevitablemente, la especulación de que su situación médica podría haber forzado una medida “compasiva” por parte de las autoridades, siempre reacias a admitir fallas.
La condena que pesa sobre Nadir y su hermano Jorge es, según documentan organizaciones de derechos humanos, una farsa judicial más del castrismo.
Fueron declarados culpables en 2022 por el delito de “desórdenes públicos”, tras participar en las históricas protestas del 11 de julio de 2021. El proceso estuvo marcado por irregularidades y la mano visible de la maquinaria represiva local. Los nombres de Yanina de la Nuez, entonces secretaria del Partido Comunista en Mayabeque, y de la exgobernadora Tamara Valido, aparecen una y otra vez en los relatos de los defensores como las arquitectas políticas de esta represión, instruyendo a tribunales que funcionan como extensiones de su voluntad.
Ante el avistamiento, la primera hipótesis que surge es la de una “salida transitoria” o un “pase penitenciario”, figuras que el Código Penal cubano contempla pero que, en la práctica, se conceden de manera discrecional y a menudo como herramienta de control. Podría ser un gesto temporal, un respiro para descomprimir tensiones familiares y, acaso, internacionales, con la expectativa tácita de un retorno al silencio y a la celda. Un acto de aparente gracia que, en realidad, no absuelve la injusticia de la condena ni restituye el tiempo robado.
No obstante, el momento político invita a una especulación más amplia. La reciente escalada en la retórica del expresidente estadounidense Donald Trump, quien ha amenazado con una línea dura y sanciones aún más severas contra la dictadura cubana, podría estar forzando un recálculo en La Habana.
La posible liberación, silenciosa y selectiva, de algunos presos políticos de perfil mediático como Nadir, podría ser una moneda de cambio, un intento de lavar la imagen ante las amenazas de la administración republicana y mitigar el costo de futuras condenas internacionales, incluso de una intervención. Sería una jugada cínica, donde la libertad no es un derecho, sino un recurso táctico.
Por ahora, solo hay un testimonio visual y el eco de las denuncias de Marta Perdomo. El castrismo guarda silencio, operando siempre en la opacidad. La aparición de Nadir Martín Perdomo en San José de las Lajas es un enigma que flota entre la esperanza de una familia destrozada y la sombra de un régimen que usa la libertad como carnada.
Su cuerpo enfermo, puesto en la calle, puede ser el síntema de una nueva presión externa o simplemente otro capítulo de la crueldad calculada. Mientras no haya un anuncio oficial, la libertad, como el propio Nadir, sigue siendo un fantasma que deambula por los caminos de Mayabeque.