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El éxodo, militares con toga y la deserción en las aulas cubanas

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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- El silencio en los pasillos de la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de La Habana, la prestigiosa Flex, es más elocuente que cualquier discurso. Este lunes, una cohorte completa de estudiantes, aquellos que ingresaron a la educación superior a través de la controvertida Orden 18 —que prioriza el ingreso a quienes han cumplido el Servicio Militar Activo—, presentó su baja en masa.

No fue una decisión académica, sino un acto de desobediencia civil forzada. Durante el fin de semana, el teléfono sonó en cada uno de sus hogares: la llamada era una orden militar perentoria para que se reintegraran a sus unidades de origen, so pretexto de una “preparación combativa”. El ultimátum, susurrado pero de acero, era claro: reincorporarse o enfrentar la expulsión de la carrera y la imposibilidad de ingresar a cualquier universidad durante, al menos, dos años.

Frente a esta disyuntiva kafkiana —interrumpir sus estudios de idiomas para vestir el uniforme o perder el futuro que precisamente el Estado les había prometido como premio por su servicio—, las familias dieron un consejo unánime y desgarrador. “Pierdan la carrera”, aconsejaron.

Y ellos, en un acto de desafío silencioso, acataron. No fueron a sus cuarteles, sino a la decanatura a formalizar su salida. Este éxodo masivo revela la brutal colisión entre dos maquinarias estatales: la educativa, que necesita estudiantes, y la militar, que necesita carne de cañón. La primera cede siempre ante la segunda, desnudando la verdadera pirámide de poder donde el fusil pesa más que el libro.

El terror a Trump detrás

La Orden 18, lejos de ser un simple mecanismo de acceso a la universidad, se ha convertido en un instrumento de control y coacción de largo alcance. Crea un ejército de reserva estudiantil, jóvenes cuya matrícula está condicionada a una disponibilidad militar perpetua.

El régimen los considera, primero y siempre, soldados. Su condición de universitarios es un paréntesis revocable en cualquier momento, como ha quedado demostrado. La amenaza de perder la carrera no es un castigo académico, es una sanción por deserción. El mensaje es escalofriante: el Estado les concedió el derecho a estudiar y el Estado puede revocarlo si no obedecen al llamado de las armas.

Este repentino e inusitado reclutamiento de estudiantes de lenguas —¿para qué necesita el ejército cubano, de manera urgente, traductores o intérpretes movilizados?— no puede leerse de forma aislada. Se enmarca en un clima de paranoia y preparación bélica que recorre los círculos de poder en La Habana.

El fantasma que los obsesiona tiene nombre: Donald Trump y la posibilidad real de un golpe a la cúpula dictatorial cubana. El castrismo teme un segundo acto aún más contundente que el de Nicolás Maduro en Venezuela, uno que podría facilitar, finalmente, un cambio de régimen.

La “preparación combativa” no sería entonces un ejercicio rutinario, sino el preludio de una movilización total ante lo que perciben como una amenaza existencial inminente.

El miedo a perder el poder

Así, la tragedia de estos jóvenes de la Flex es doble. Son víctimas de una doble instrumentalización: primero, como carnada para el reclutamiento militar a través de un beneficio universitario; después, como piezas prescindibles en un tablero geopolítico de alto voltaje.

Sus aspiraciones personales, su dominio del francés, el inglés o el ruso, son barridas por la prioridad de prepararse para un hipotético “golpe” estadounidense. El régimen, en su afán por blindarse, no duda en sacrificar a una generación de profesionales en ciernes, demostrando que su supervivencia se antepone a cualquier proyecto de nación.

El acto final de estos estudiantes, entregar su baja, es un grito ahogado. No es una rendición, sino la constatación de un sistema que, ante la primera señal de peligro, deseduca para movilizar.

Las aulas de la Flex quedan más vacías, no por el fracaso escolar, sino por el éxito de un mecanismo perverso de control.

Mientras, en Washington, las especulaciones sobre las palabras de Trump alimentan los discursos de la Plaza de la Revolución y justifican, una vez más, que el futuro de un joven cubano pueda ser cancelado con una llamada telefónica un sábado por la tarde. El miedo del régimen a un golpe externo se traduce, en la práctica, en un golpe interno contra su propia juventud.

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