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Por Anette Espinosa
La Habana.- El parte oficial sobre el paso del huracán Melissa por el oriente del país suena, como casi todo lo que emana del poder en Cuba, a guion aprendido y repetido hasta el cansancio. Manuel Marrero “exhorta”, “insiste” y “exige”, verbos que en el lenguaje del castrismo sustituyen a resolver, asumir responsabilidades o, al menos, ofrecer disculpas. La escena es la de siempre: reunión, consignas recicladas y una narrativa de control que pretende vender eficiencia donde solo hay improvisación y ruinas.
Resulta casi ofensivo que, después de décadas de abandono habitacional, el primer ministro descubra ahora la “prioridad” de las viviendas dañadas. Como si los techos a punto de caer y las paredes apuntaladas con palos fueran consecuencia exclusiva de Melissa y no de un modelo incapaz de garantizar lo más elemental. Se habla de control “exhaustivo” de materiales, una frase que en Cuba suele traducirse en burocracia, desvíos y más miseria para el damnificado de a pie, que nunca ve llegar lo prometido.
La presencia de gobernadores y ministros, amplificada por Granma y Juventud Rebelde, cumple su función propagandística: aparentar un Estado atento y en movimiento. Sin embargo, nadie explica por qué esas mismas provincias ya estaban al límite antes del huracán, sin alimentos suficientes, sin servicios estables y con infraestructuras que colapsan ante cualquier lluvia fuerte. Incrementar la producción de alimentos suena a chiste malo cuando el campesino no tiene insumos y el mercado está vacío.
El informe del ministro de Salud añade cifras para maquillar la realidad, pero ni los números esconden el desastre. Que solo 185 de 710 instituciones afectadas estén recuperadas dice más de la precariedad que de la gestión. Carpintería, falsos techos y filtraciones no son detalles menores: son la prueba de hospitales parchados, vulnerables, donde una crisis epidemiológica siempre está a la vuelta de la esquina, por mucho que se hable de pesquisas activas y acciones antivectoriales.
Mientras tanto, Villa Clara se inunda en “muy pocas horas” y el Estado vuelve a reaccionar, nunca a prevenir. Evacuaciones apresuradas, carreteras dañadas y comunidades anegadas completan el cuadro de un país que vive en emergencia permanente. El huracán Melissa pasará, como pasan todos, pero la tormenta verdadera —la incompetencia estructural del régimen— sigue intacta. Y esa, a diferencia de los ciclones, no aparece en los partes meteorológicos oficiales.