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El estafador que la justicia no pudo encarcelar

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En 2007, en Sanford, Florida, un hombre llamado George Jolicoeur fue arrestado por una serie de fraudes en restaurantes.

Su método era siempre el mismo.

Entraba, pedía grandes cantidades de comida, cinco batidos, platos abundantes, porciones que nadie pediría por error. Comía casi todo. Luego se quejaba de la calidad y se negaba a pagar, exigiendo un reembolso.

Durante meses repitió el patrón.

El delito no era sofisticado. Era persistente.

Pero el caso se volvió inusual por otra razón.

George pesaba alrededor de 272 kilos. Su estado de salud era tan grave que estaba postrado en cama y no podía acudir a la audiencia judicial por sus propios medios.

Trasladarlo habría requerido transporte médico especializado, escolta y cuidados constantes. El costo para el Estado sería de miles de dólares.

La justicia hizo una cuenta fría.

Decidieron no encarcelarlo.

Le impusieron una multa de más de mil dólares y cerraron el caso.

Y el fiscal resumió toda la situación con una frase que quedó registrada:

“Él ya tiene su celda. Es su propia cama.”

No fue una absolución.

Fue el reconocimiento de que, a veces, la consecuencia más dura no viene del castigo, sino del propio camino que una persona ha construido. (Datos Históricos)

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