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Por Ulises Toirac ()
La Habana.- Las equivocaciones a veces solo tienen impacto local y efímero: no calculas bien (se te olvida) y vas a resolver un trámite por la tarde a algún sitio. No, nene (o nena), para los trámites el día empieza en la madrugada y se extiende hasta 15 o 20 minutos después de abierta la institución objetivo.
La tarde es para otras cosas, no pa’ trabajar. Las mañanas tampoco, pero hay como una coreografía nacional al respecto. Esto no comprende los viernes, que son una declaración absoluta de brazos caídos en la que incluso la coreografía es simbólica.
Pero hay otras equivocaciones con un impacto territorial extenso y una permanencia temporal cercana a la eternidad. Tropiezas (sacas ‘tronco’ e’ boniatillo) cruzando 23 por L, y te ven desde el Malecón hasta el Paseo, y los nietos le dicen a sus hijos en los almuerzos familiares: «Fíjate si el abuelito ha sido comemierda de toda la vida, que un día se regó en el asfalto en 23 y L a los doce años». Y tú hasta aclaras: «¡Rente al culo…! Se dice comemierda rente al culo», para estar a tono con la familia.
Sin embargo, hay equivocaciones que «ni fú ni fá» y, sin embargo, te atormentan buen tiempo sin que puedas explicarte la razón.
La entrada al pre era algo estresante. Una vez tocado el timbre de entrada, pasaba cierto tiempo; era una jodienda entrar… y entrar era importante para poder salir… en el sentido de que hacías acto de presencia, o lo que en procesos penales se denomina «tener coartada»: «¡Si hasta la directora me mandó pa’ la dirección por reírme en el matutino!».
Y las rutas 37 y 211 a veces se ponían tóxicas: aún era la época en que los choferes de guagua insistían en cerrar las puertas por lo de la seguridad del pasaje… y entre gordos y anormales se confabulaban para demorar aquello… Llegar a la inmensa Plaza Roja delante del Pre de la Víbora era un azar por los pelos. Y a correr, que cierran la puerta de la escuela.
En una de esas ocasiones, y teniendo yo, a la sazón, una noviecita menuda pero con un cuerpo extraordinario, me veo corriendo hacia la escalinata de la entrada del «René Orestes Reiné» y desde lejos diviso a mi jevita de espaldas, a punto de subir. El tiempo estaba apretado y ya debían estar a punto de cerrar la puerta, así que corrí para alcanzarla subiendo aquellos escalones. Y cuando casi llegaba a su altura, la saludé tocándole una nalga. Tengo que aclarar que en mi estructura de pensamiento, tocar una nalga es un acto de fe que implica (además de la complacencia de la otra parte) una señal de posesión que determina pasión; o sea, lleva muslo y contramuslo… y hasta estremecimiento de pechuga.
Y después del consabido brinco, que era lógico esperar luego de una demostración pública de esa magnitud, me miró y… no era mi novia. Había más menudas de cuerpo extraordinario en aquel plantel.
Yo soy arriesgado y hasta sinvergüenza en algunas ocasiones, pero respeto a las mujeres de toda la vida, así que quería que me tragara la tierra. Quedé clavado en el penúltimo escalón hasta que casi me cierran la puerta, viendo a mi víctima alejarse mientras se reía de mi cara.
Por sí o por no, caminando entre las filas de los grupos, pasé por el lado de mi novia y le dije rápido:
—Le acabo de tocar la nalga a una ahí que creí que eras tú.
No me gusta el chisme.