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Por Jorge Sotero ()
La Habana.- La costumbre de mentir, en algunos oficios, no es un defecto: es una condición sine qua non. En el caso de los voceros del castrismo, la mentira se ha convertido en una segunda naturaleza, en un reflejo casi fisiológico. Y Ángel Arzuaga Reyes, embajador de Cuba en República Dominicana desde octubre de 2023, ha demostrado que la distancia geográfica no atenúa ese reflejo. Al contrario: lo perfecciona.
En una reciente entrevista concedida a APM Noticias, Arzuaga ofreció una verdadera cátedra sobre la capacidad de fabulación de los representantes del régimen cubano, situándose a la altura de los grandes maestros del género: Humberto López, Michel Torres Corona, Randy Alonso, Arleen Rodríguez Derivet.
Sin el más mínimo pudor, este señor se atrevió a afirmar que Cuba es una democracia. ¿Una democracia de partido único? El oxímoron es de tal calibre que cualquier estudiante de primero de Ciencias Políticas se habría ruborizado al escucharlo. Pero Arzuaga no: él siguió adelante, impertérrito, como si hablara de las excelencias del malecón habanero.
Luego vino lo de la libertad de prensa. Según el embajador, en Cuba existe libertad de opinión, hay ley de prensa y todo. Uno se pregunta entonces por qué hay más de mil jóvenes encarcelados —sí, más de mil— por expresar sus ideas, por criticar al gobierno, por pedir lo mismo que este señor disfruta desde su privilegiada posición en Santo Domingo. Pero claro, ellos no son diplomáticos. Ellos no tienen inmunidad. Ellos no mienten en nombre de nadie; solo dijeron lo que pensaban y por eso están presos.
Arzuaga, en su afán por justificar lo injustificable, llegó a afirmar que las democracias con muchos partidos no funcionan. Una perla teórica que debe haber hecho las delicias de los politólogos dominicanos. Y remató: en Cuba no hay presos políticos, solo personas detenidas por actividades delictivas.
Verla entrevista al embajador acá (https://www.youtube.com/watch?v=jpwnWNvgI8s)
¿Delictivas? ¿Cuál es el delito de haber salido a la calle el 11 de julio de 2021 a pedir comida y luz? ¿Cuál es el delito de tener una cuenta en Twitter donde se opina distinto? ¿Cuál es el delito de cantar «Patria y Vida» en una plaza?
Ah, cierto, que para Arzuaga eso no existe. Son solo «actividades delictivas» de las que prefiere no dar detalles, porque los detalles —los nombres, las edades, los años de condena, las madres que esperan— ensuciarían su discurso de salón.
Pero hay algo más indignante aún que sus palabras. Es su vida. Porque Arzuaga no es un hombre que sufre las consecuencias de lo que predica. Él vive en Santo Domingo con dos autos de gama alta, con cocinero particular, con personal de servicio en su residencia, con recepciones donde el whisky corre como agua y los habanos de primera se encienden al compás de los brindis.
Él disfruta de los regalos, de las regalías, de los banquetes, mientras el 90 por ciento de los cubanos —esos a los que él dice representar— pasa hambre, sobrevive con un salario de miseria, hace colas interminables por un pan que no llega y ve morir a sus hijos por falta de medicamentos que en su mesa, sobran.
Este señor tiene que vender su alma al diablo cada mañana. Porque es la única forma de vivir fuera de Cuba con todos los lujos, de acumular un salario que en realidad no gasta —lo guarda para llevárselo de regreso cuando termine su misión o cuando lo nombren en otro país—, de mirarse al espejo sin que el espejo le devuelva la imagen de los niños desnutridos, de los hospitales sin anestesia, de las farmacias vacías.
Él miente para mantener su vida de ensueño. Miente para seguir siendo embajador. Miente para que, cuando regrese a La Habana, lo esperen con otro cargo, otro coche, otra casa con servicio incluido.
Y mientras tanto, desde su púlpito diplomático, nos habla de democracia, de libertad de prensa, de inexistencia de presos políticos. Nos toma por imbéciles. Pero no, señor embajador: no somos imbéciles. Somos cubanos. Y los cubanos sabemos reconocer a un mentiroso aunque venga disfrazado de excelentísimo señor.
Usted, Ángel Arzuaga Reyes, es la prueba viviente de que el castrismo ya no exporta revolución: exporta cínicos de lujo, entrenados en el noble arte de decir una cosa y hacer la contraria, mientras el pueblo —el verdadero pueblo— se desangra esperando que algún día la mentira deje de ser la moneda oficial de este régimen.