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El divorcio de Cuba: cuando el gobierno olvidó que el pueblo no es el enemigo

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Por Hermes Entenza ()

Núremberg () Los acontecimientos que sacuden constantemente a la isla —y ahora con especial fuerza en Morón, donde las protestas fueron duras— son el resultado directo del divorcio entre el gobierno y su pueblo. Representan, en la totalidad de los casos, las secuelas de la inmoralidad de un poder que sostiene a una casta burguesa, la cual mira con desprecio al cubano de a pie.

La Revolución triunfó entre teas que incendiaban cañaverales y, al grito de ¡abajo Batista!, destruyó a balazos todo a su paso. Sin embargo, tras la victoria, se le prohibió al pueblo hablar, criticar o alzar la voz contra la injusticia.

Desde 1959, Cuba ha tenido disidentes con proyectos de cambio político que han tenido el valor de emplazar al poder, intentando, por las vías legítimas, alcanzar un reconocimiento legal. Pero siempre fue en vano: el gobierno censuró, deportó y encarceló sin piedad, cerrando los oídos a cualquier demanda. Hoy, la situación es distinta: el cansancio es mayor y la decepción ha logrado que el miedo se evapore.

Al ver los videos e imágenes de lo sucedido en Morón, solo queda una conclusión: la culpa absoluta es del gobierno. Si no lo crees, pregúntate: ¿por qué desean conversar amablemente con Estados Unidos, mientras balacean y lanzan perros entrenados al desguace contra sus propios jóvenes?

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