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Por Jorge Sotero ()
La Habana.- En el submundo de las intrigas geopolíticas, donde la guerra se libra con armas silenciosas y sin autoría confesada, Estados Unidos acaba de adquirir un artefacto que podría ser la pieza clave de un rompecabezas que lleva siete años desconcertando a sus agencias de inteligencia.
Según una exclusiva de CBS News, a finales de 2024 el Departamento de Seguridad Nacional, usando fondos del Pentágono por más de diez millones de dólares, obtuvo de manera discreta un dispositivo portátil con componentes rusos capaz de emitir energía pulsada de radiofrecuencia. El objeto, pequeño como para caber en una mochila, no es un juguete: los investigadores creen que podría ser el arma hipotética detrás del enigmático «Síndrome de La Habana».
Este hallazgo no es una mera curiosidad técnica; es el desarrollo más concreto hasta la fecha en la investigación de uno de los episodios más extraños y debilitantes en la historia del espionaje moderno.
El llamado «Síndrome de La Habana» emergió en 2016, cuando diplomáticos y agentes de la CIA destinados en la embajada de Estados Unidos en Cuba comenzaron a reportar síntomas devastadores: mareos agudos, dolores de cabeza incapacitantes, náuseas, pérdida de memoria y un zumbido penetrante en los oídos, como si un enjambre de insectos estuviera atrapado dentro de sus cráneos.
La condición, que ha afectado a más de 1.500 funcionarios estadounidenses y sus familias en países desde China hasta Austria, dejó a sus víctimas con daños neurológicos a veces permanentes. Por años, la teoría dominante entre las agencias fue la de un ataque dirigido con energía de microondas o radiofrecuencia, una acusación velada contra Rusia, aunque sin la «pistola humeante».
La adquisición de este dispositivo ruso portátil cambia radicalmente el terreno de juego. Ya no se trata solo de hipótesis forenses o de correlaciones circunstanciales; ahora existe un aparato físico, con un pedigrí tecnológico identificable (ruso), que los científicos del Pentágono han estado probando durante más de un año.
Sus hallazgos, parte de los cuales ya fueron comunicados a comités de supervisión del Congreso, sugieren que el equipo podría replicar los efectos reportados por las víctimas. Esto convierte la teoría del ataque intencional con armas de energía dirigida (DEW) de un «quizás» preocupante a un «muy probable» escalofriante.
La implicación es grave y doble. Primero, proporciona por primera vez un mecanismo plausible para los síntomas: una ráfaga dirigida de energía de radiofrecuencia que, al impactar el cerebro, podría causar el complejo de efectos neurológicos sin dejar rastros visibles externos. Segundo, y más ominoso, conecta los puntos de manera más directa hacia Moscú.
La presencia de componentes rusos no prueba una operación estatal, pero refuerza abrumadoramente la narrativa de que esta tecnología proviene del arsenal de guerra no letal o de recolección de inteligencia de una potencia rival. La «mochila rusa» sería el vehículo perfecto para un ataque sigiloso y negable.
Sin embargo, el misterio no está completamente resuelto. La gran pregunta que persiste es el motivo y la ubicuidad. Si Rusia está detrás, ¿por qué atacar a diplomáticos de bajo y mediano perfil en tantos países, arriesgando un escándalo descomunal?
Algunos analistas especulan que podría tratarse de pruebas de campo de un nuevo sistema de recolección de datos (interceptando computadoras o conversaciones) cuyos efectos colaterales son lesiones neurológicas, o una forma de hostigamiento estratégico para desmoralizar y debilitar al personal estadounidense en el extranjero. O podría ser una señal de advertencia de capacidades que se podrían usar de manera más agresiva.
Sea cual sea la respuesta final, la adquisición de este dispositivo marca un punto de inflexión. Ya no es un síndrome; es un caso de potencial agresión con un arma novedosa. El gobierno de EE.UU. ahora tiene un objeto que puede estudiar, replicar y, quizás, desarrollar contramedidas. Pero también enfrenta una verdad incómoda: durante casi una década, un adversario podría haber estado probando un arma invisible en su personal por todo el mundo, y sólo ahora comienza a entender el mecanismo.
La «mochila rusa» no cierra el caso del Síndrome de La Habana; más bien, lo abre a una fase nueva y más peligrosa, donde lo que antes era un misterio médico se convierte, definitivamente, en un asunto de seguridad nacional de primer orden.
Y, por cierto, sería una prueba contundente contra Alejandro Castro, y un motivo más para que algún juez de EEUU ordene su captura. ¿No les parece bien?