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Por Jorge Sotero
La Habana.- La defensa de Claudia Sheinbaum sobre el envío de petróleo mexicano a Cuba suena correcta en el papel, pero huele mal en la realidad. Hablar de “marco legal”, “soberanía” y “principios humanitarios” es el libreto clásico que se usa cuando se quiere maquillar una decisión política incómoda.
Nadie discute que México sea un país soberano ni que pueda decidir con quién comercia, el problema es a quién se le extiende la mano y a costa de qué. Porque cuando el crudo sale rumbo a La Habana, no va directo a aliviar el sufrimiento del cubano de a pie, sino a sostener un aparato estatal que ha demostrado, durante más de seis décadas, su desprecio por las libertades básicas.
Sheinbaum apela a la “relación histórica” entre México y Cuba como si la historia, por sí sola, justificara cualquier acción presente. Ese argumento es tramposo. También es histórica la relación del régimen cubano con la represión, la cárcel y el exilio, pero de eso no se dice una palabra.
Recordar visitas de Echeverría, López Portillo o Salinas de Gortari no ennoblece la decisión actual; más bien la encuadra dentro de una larga tradición de complicidades diplomáticas que han preferido mirar hacia otro lado mientras en la isla se encarcelaba a opositores y se aplastaba cualquier disidencia.
¿Humanitario con quién? ¿Con el pueblo cubano que vive entre apagones, hambre y miedo, o con una cúpula gobernante que utiliza cada litro de petróleo para mantenerse en el poder? Si de verdad se tratara de humanidad, México podría condicionar ese apoyo a mejoras concretas en derechos humanos o a la liberación de presos políticos. Pero no: el petróleo se envía sin preguntas incómodas, sin exigencias, sin pudor. Así, el gesto solidario se convierte en oxígeno político para una dictadura agotada.
Que Sheinbaum rechace las críticas de Estados Unidos es coherente con su línea ideológica, pero no convierte su decisión en moralmente defendible. La solidaridad automática con La Habana ya no es romanticismo latinoamericano, es irresponsabilidad. En un momento en que México enfrenta sus propios problemas energéticos, de pobreza y de violencia, insistir en sostener al régimen cubano no es un acto de valentía soberana, sino una apuesta política que ignora deliberadamente a las verdaderas víctimas: los cubanos que siguen esperando que alguien, alguna vez, deje de confundir al Estado con el pueblo.