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El «tarruo» ideológico: ¿Por qué el comunista cubano se niega a ver?

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Hoy leí un comentario en redes sociales que decía:

“Los comunistas son como los tarruos: les enseñas fotos, videos y pruebas, y aun así no te creen.”

No es una frase mía. Pero tiene algo que engancha. Primero te hace reír. Después, si te detienes un segundo, te obliga a pensar.

La comparación es provocadora, sí. Pero el punto no es la burla. El punto es la resistencia humana a aceptar algo que rompe nuestras creencias.

Yo lo viví hace años, en un contexto completamente distinto.

Cuando era joven y predicaba en las calles, muchas veces me encontraba con Testigos de Jehová. Antes de entrar en cualquier debate bíblico, siempre hacía la misma pregunta:

“Si con la Biblia te muestro que estás equivocado, ¿estarías dispuesto a cambiar de posición? ¿O al menos a investigar más?”

La respuesta era siempre la misma: “Claro que sí”.

Pero cuando abríamos el texto. Cuando analizábamos versículos. Cuando señalaba interpretaciones distintas o contradicciones… entonces la apertura desaparecía. No querían mirar más allá. No querían profundizar. Me dejaban de Hablar como si yo le hubiera hecho un daño enseñándole un verso de la Biblia.

El militante del PCC y el fanático religioso comparten el mismo ADN: el miedo a que la realidad les derrumbe el castillo de naipes.

Ahí entendí algo que hoy veo también en el terreno político: no defendemos solo ideas. Defendemos identidad. La psicología lo llama disonancia cognitiva: ese cortocircuito mental que ocurre cuando la realidad te grita una cosa, pero tu orgullo necesita creer otra

Y en el caso del comunista cubano, esa identidad pesa mucho más de lo que parece.

Aceptar que el sistema falló no es solo admitir un error económico.

Es aceptar que los años de trabajo voluntario quizá no cambiaron nada.

Que las guardias interminables no construyeron el futuro prometido.

Que las separaciones familiares, los sacrificios, las consignas repetidas bajo el sol, pudieron no haber valido la pena.

Esa es la verdadera barrera.

No es falta de datos.

Es el miedo a descubrir que el sacrificio fue en vano.

Cuando la ideología pesa más que los hechos

El comunismo, como sistema político aplicado en distintos países, ha dejado un rastro histórico que no es secreto ni propaganda reciente.

En la Unión Soviética, los regímenes de Lenin y Stalin estuvieron marcados por purgas políticas, campos de trabajo forzado (los gulags) y millones de muertos por represión y hambrunas, especialmente durante la colectivización forzada.

En China, el “Gran Salto Adelante” impulsado por Mao Zedong provocó una de las mayores hambrunas de la historia moderna, con decenas de millones de fallecidos según numerosos estudios demográficos.

En Camboya, bajo el régimen de los Jemeres Rojos, cerca de una cuarta parte de la población murió entre ejecuciones, trabajos forzados y hambre.

En Corea del Norte, la represión política y el aislamiento extremo han generado crisis humanitarias recurrentes.

En Cuba, más allá de simpatías o rechazos, la realidad no se mide en estadísticas.

Se mide en la mesa vacía.

En el miedo a hablar.

En las despedidas sin regreso.

En los que se fueron al mar y no volvieron.

En los fusilados.

En los muertos en prisión.

En los presos por gritar «libertad».

En hospitales sin recursos.

En medicinas que no llegan.

No es teoría.

Es vida diaria.

Es carencia.

Es censura.

Es dignidad resistiendo.

Estos datos no son inventos de redes sociales. Están documentados por historiadores, economistas y organismos internacionales.

Sin embargo, muchas personas que apoyan este sistema —y que no se están beneficiando directamente de ellos— siguen defendiéndolos con firmeza.

Y aquí vuelve la pregunta incómoda.

La pregunta que casi nadie quiere hacerse

Los comunistas que apoyan el sistema cubano, y que viven las mismas carencias, censura y humillaciones cotidianas que el resto, deberían hacerse una pregunta sencilla:

¿Puede ser que yo esté equivocado?

No es una pregunta traicionera. Es una pregunta madura.

Porque si uno está dispuesto a revisar la fe religiosa a la luz de la Biblia, ¿por qué no revisar una ideología a la luz de la historia?

El problema nunca ha sido la falta de información. Hoy cualquiera puede acceder a archivos, estudios, testimonios de víctimas, estadísticas económicas. El problema es la disposición interior.

Cambiar de opinión duele. Implica reconocer que quizá invertiste años defendiendo algo que no produjo los resultados prometidos. Implica enfrentarte a tu grupo, a tu entorno, a tu propia narrativa.

Pero hay algo más peligroso que estar equivocado.

Es negarse siquiera a considerar la posibilidad.

La verdadera fortaleza intelectual no consiste en resistir toda crítica. Consiste en examinarla sin miedo.

Tal vez la reflexión no debería ser solo para “los otros”. Tal vez todos deberíamos hacernos esa pregunta, sobre política, religión y cualquier convicción profunda:

¿Y si yo estoy equivocado?

Porque la verdad no necesita que la protejan. Solo necesita que la busquen con honestidad.

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