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Por Oscar Durán

Río Cauto.- Leonardo Alarcón, integrante del equipo Granma, duerme —si es que a eso puede llamársele dormir— sobre un cadáver de esponja, telas podridas y humedad coagulada, como bien usted puede ver en la foto de portada. Su cama parece un campo de batalla donde el huracán Melissa pasó con la precisión de un verdugo y la crueldad de un Estado ausente. Ahí, entre hongos, trozos de colchón y esa peste a abandono, reposa un pelotero que ha llevado, en su momento, el uniforme de Cuba, ese mismo uniforme que el régimen usa para presumir en cada evento internacional, mientras deja a sus atletas viviendo como si fueran fantasmas sin derechos.

En Río Cauto todos conocen la historia. Melissa arrasó con techos, calles, casas, pero también desnudó algo peor: la miseria institucional que siempre estuvo ahí, esperando el primer viento para mostrarse sin maquillaje. La cama de Leonardo —esa imagen que ya corre por toda Granma— es el retrato más sincero del deporte cubano. No el de los discursos de Marrero ni las fanfarronadas de los narradores oficialistas; es el deporte real, ese que se entrena con hambre, que sueña con un contrato imposible y que regresa a un colchón muerto después de batear para .300.

Lo más doloroso no es la cama destruida. Es saber que este muchacho, como tantos otros, ha representado a un país y una provincia que no pueden representarlo a él cuando lo necesita. Ha cargado sobre sus hombros un número en el pecho, ha posado para fotos oficiales, ha viajado con la bandera en el uniforme… pero vuelve a una cuarto donde ni siquiera hay un lugar decente para acostar el cuerpo.

Ese contraste —esa bofetada— es lo que ha indignado a la fanaticada granmense, dentro y fuera de la isla. Porque uno puede acostumbrarse a los apagones, al pan con aire, a la cola interminable; pero nunca a que los muchachos que lo dan todo vivan así.

Lo que ocurre con Leonardo no es una excepción; es la norma disfrazada de accidente. La mayoría de los peloteros de Cuba —los que no se escapan por Nicaragua, los que todavía creen que pueden “llegar”— viven en casas que se mojan, en cuartos sin puerta, en colchones a punto de desintegrarse. Ahí están: entrenando bajo el sol, mientras la Federación les habla de compromiso patriótico y disciplina revolucionaria. Pero cuando el techo se cae, cuando el huracán arrasa, cuando la cama se pudre, nadie aparece. Ni la provincia, ni el INDER, ni los que usan la palabra “deporte” como bandera política.

Por eso, este muchacho con su cama destruida nos duele tanto. Porque es la metáfora perfecta del país: un talento tirado sobre ruinas, un futuro que nadie ayuda a levantar, un joven que resiste más por costumbre que por esperanza. Y mientras tanto, los de arriba siguen hablando de victorias morales y de resistencia creativa. Sí, cómo no. Que vengan ellos a dormir aquí, en esta cama muerta, a ver si también les alcanza la creatividad para espantar el hambre, el frío y el olvido.

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