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El carnaval nació con la sotana y mala leche

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¿Crees que el Carnaval son solo carrozas de purpurina y chirigotas? Piénsalo otra vez. El origen de esta fiesta es un viaje alucinante desde el descontrol pagano hasta las ocurrencias más cafres de la Iglesia. Saca las palomitas, que esto es Historia (de la de verdad).

Todo viene del latín «Carnem-levare» (quitar la carne). La idea era sencilla: como en la Cuaresma te tocaba comer acelgas y rezar durante 40 días, la Iglesia te daba permiso para que la semana anterior fueras un animal. «Peca ahora, que el miércoles te pongo la ceniza y aquí no ha pasado nada». Un pacto con el diablo con el sello del Vaticano.

Damos un salto a la Roma de 1466. Entra en escena el Papa Paulo II, un veneciano que amaba el lujo, las joyas y, sobre todo, que la gente estuviera entretenida para que no pensaran en lo que él gastaba. La ciudad ya tenía fiestas populares, máscaras y cachondeo (las Lupercales de las que hablamos ayer con San Valentín), pero Paulo II decidió institucionalizar el desmadre. Literalmente convirtió el Carnaval en un espectáculo público: carreras, fiestas callejeras, disfraces, desfiles, música, excesos y un ambiente más cercano a Las Vegas que al Vaticano.

El mensaje era claro: Peca ahora, arrepiéntete luego. Una estrategia de marketing teológico impecable: primero te dejo pecar con estilo y luego te vendo el pack completo de culpa, ayuno y redención.

¿Qué hizo exactamente? Impulsó el Carnaval como fiesta oficial en Roma. Lo llenó de eventos públicos masivos. Transformó una tradición religiosa en un festival social, político y cultural. Este buen señor decidió que las fiestas estaban muy dispersas y las mudó todas a la Vía Lata (que hoy conocemos como Vía del Corso precisamente por las corse o carreras que él inventó).

Paulo II no quería una maratón solidaria; quería un circo romano en versión renacentista. Organizó un calendario semanal de carreras:

– Lunes: Jóvenes (los assueti) luciendo tableta.

– Martes: El momento más oscuro. La carrera de los judíos. El Papa obligaba a la comunidad judía a correr bajo una lluvia de insultos y objetos. ¿El toque sádico? Les daban un banquete brutal justo antes para que corrieran pesados y con el estómago revuelto. Humillación pura bendecida desde el balcón.

– Miércoles: ¡Carrera de ancianos! Ver a los abuelos tropezar por el empedrado era el «humor amarillo» de la época.

– El resto de la semana: Bueyes, búfalos y burros. Un caos de pezuñas y polvo por las calles estrechas.

Mientras el pueblo se despellejaba en la calle, el Papa miraba todo desde su Palazzo Venezia. Se ponía fino de comida cara y, de vez en cuando, lanzaba monedas de oro a la multitud. Era la técnica del «pan y circo»: mientras te tiro una moneda, no ves cómo te estoy pisoteando la dignidad.

Y así nació el Carnaval moderno: no como rebelión contra el poder, sino como fiesta organizada por el poder. No como ruptura del sistema, sino como válvula de escape controlada.

¿Qué te parece? ¿Conocías este lado oscuro de la Vía del Corso? (Tomado de Historias de la Historia)

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