Por Anette Espinosa ()
La Habana.- En el barrio Jesús María, en La Habana Vieja, el agua dejó de correr hace 26 días. No es una exageración. No es un reclamo más entre tantos. Es la vida detenida, la sed instalada en los huesos, la mugre pegada a la piel de quienes ya no recuerdan qué se siente abrir un grifo y que salga algo más que aire caliente.
Una mujer, que por miedo a represalias pide no ser nombrada, me envió un mensaje que debería leerse en cada oficina del gobierno, en cada sesión de la Asamblea Nacional, en cada rincón donde todavía crean que esto es solo un problema técnico.
La pipa, esa que prometía alivio, llegó anteayer. Pero el agua, dicen, se quedó en el camino. Llegó hasta Economía y Cárdenas, y allí se esfumó. En Apodaca, en Factoría, en Aponte, ni una gota. Como si el barrio entero estuviera marcado en un mapa de la indiferencia, como si los que viven en esas calles no merecieran ni el consuelo de un balde de agua a medias. La pipa se fue. Y el barrio se quedó con las manos vacías, con los cubos sucios, con la misma sed de siempre.
Porque no es solo beber. Es lavarse la cabeza después de días de sudor y polvo. Es limpiar las manos antes de tocar a un niño. O poder cocinar sin que la mugre se cuele en los frijoles. Es, sobre todo, no tener que subir con un balde de cinco galones hasta un cuarto piso, con las piernas temblando y la espalda rota, solo para que ese poquito de agua dure lo que dura un suspiro. Cuatro o cinco cubos, dice ella. Ni para dos días.
No es solo el agua…
Es angustiante, dice. Y uno cree que esa palabra no alcanza. Porque la angustia es para quienes pueden nombrarla. Esto es otra cosa. Es la rabia de saber que el agua existe, que hay pipas, que hay camiones, que hay algún funcionario que en algún momento dio una orden, pero que esa orden nunca, nunca, llega hasta aquí. Es la certeza de que alguien decidió que Jesús María no está en la ruta, que ese barrio puede esperar, que la gente de ahí puede aguantar un día más. Y otro. Y veintiséis.
De la electricidad, ni hablar. Es el otro lado de la misma moneda, el otro síntoma de un sistema que ha convertido en heroica la simple tarea de vivir. Pero el agua, la falta de agua, es más inmediata, más física, más humillante. Porque sin luz te quedas a oscuras, pero sin agua te quedas sin cuerpo, sin dignidad, sin posibilidad de presentarte ante el mundo con la cabeza limpia y las manos limpias. Te condena a la mugre, a la enfermedad, a la vergüenza.
Así que la pregunta, la que nadie en el gobierno quiere oír, es simple: ¿cuánto más? ¿Cuántos días más de cubos a cuestas? ¿Cuántas madres más viendo a sus hijos con la piel reseca? ¿Cuántos ancianos más esperando una pipa que nunca llega?
Porque en Jesús María, como en tantos barrios de esta ciudad que se desmorona, el agua no es un servicio, es un lujo. Y mientras las autoridades hablan de inversiones y de planes, la gente sigue subiendo escaleras con cubos, esperando que alguien, algún día, recuerde que ellos también existen. Que ellos también tienen sed. Que ellos también merecen una gota. (Inspirado en una publicación de Irma Lidia Broek en Facebook)
Post Views: 6