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El barco que no llegó a la isla apagada

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Por Oscar Durán

La Habana.- Si pensaste que estábamos tocando fondo con los apagones, te tengo una noticia «sabrosa»: siempre se puede caer un poco más. Hoy Estados Unidos decomisó el buque más grande de la flota petrolera venezolana, un monstruo de acero cargado hasta la coronilla de crudo, navegando quién sabe hacia dónde, pero todos sabemos leer entre líneas. Ese barco venía para acá, para esta islita que vive de remiendos y combustible prestado. Se lo llevaron completico, como quien le quita el único ventilador a un enfermo en pleno agosto.

Mientras en La Habana hacen cuentos chinos sobre “recuperaciones energéticas”, la realidad te da un cocotazo: sin ese barco, la isla vuelve a su deporte nacional, el apagón kilométrico. No es difícil imaginar lo que viene. Las termoeléctricas, que ya están en cuidados intensivos hace años, ahora tendrán menos petróleo que un mechero apagado. Y el ministro de Energía va a salir, como siempre, a decir que “se trabaja intensamente”, mientras tú te bañas con cubitos y espantas mosquitos como si estuvieras en el Paleolítico.

Lo más triste es que esto no sorprende a nadie. Cuba lleva décadas sobreviviendo a base de favores: primero los soviéticos, después Venezuela, y ahora un barco incautado que deja al descubierto la miseria energética del país. Cuando tú, cubano de a pie, escuchas que un buque gigante estuvo a punto de llegar con combustible, es como que te digan que ibas a almorzar carne, arroz y frijoles… pero que al final solo quedó el arroz. Frío. Y sin sal.

Los próximos días serán una procesión. Más horas sin luz, más noches donde el ventilador se convierte en un lujo, más colas para el gas que no hay, más gente buscando leña como si viviéramos en 1850. Y mientras tanto, la dictadura hará lo de siempre: culpar a Estados Unidos, a las sanciones, al bloqueo, al clima, a los astros, a Mercurio retrógrado, a lo que sea. Nunca a su incapacidad crónica para levantar un país que se desmorona por hora.

Pero al final, el golpe lo recibe la gente. El de abajo. El que trabaja, cocina, suda y aguanta. El que no tiene planta eléctrica ni enchufe en el poder. Este decomiso no es solo un barco perdido: es una semana más de angustia, un mes más de apagones, un año más de un futuro que nunca llega. Y lo peor de todo es esta sensación de que el país entero es ese barco: a la deriva, sin destino claro, y siempre a punto de ser confiscado por la realidad.

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