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El as de Diosdado: la venganza contra Cuba que podría cambiar el juego venezolano

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Por Albert Fonse ()

Ottawa.- Diosdado Cabello podría tener un as bajo la manga para negociar con la administración Trump. La ironía es que ese as nace del desprecio. Durante años se jactó públicamente de ser el anticubano, de no haber pisado nunca la patria de los Castro, de no deberle nada a La Habana. Lo decía con orgullo, casi como una advertencia. En un régimen sometido al tutelaje cubano, esa fanfarronería no era inocente. Era una señal de resentimiento y de ambición herida.

Cabello no era un hombre paciente. Se veía a sí mismo como el heredero natural del poder, el brazo duro del proyecto, el que había estado allí desde el origen junto a Hugo Chávez. Cuando Chávez enfermó y fue llevado a La Habana, Cabello quedó esperando en Caracas, convencido de que el relevo sería suyo. Lo que no vio fue el cerco.

En Cuba, Chávez quedó aislado, rodeado por médicos, asesores y operadores que no respondían a Caracas. En ese silencio forzado, la dictadura cubana hizo su jugada y metió a Nicolás Maduro en la cabeza de un hombre debilitado. Hace unos días, después del arresto de Maduro, Cabello dejó caer una frase que sonó a confesión tardía, cuando afirmó que a Chávez lo habían matado; una acusación que muchos interpretaron como dirigida directamente a la dictadura cubana. El golpe no fue militar. Fue quirúrgico. Cuando Chávez murió, Cabello ya estaba fuera del tablero real.

Recelos de Cuba

Desde entonces, todo cambió. Cabello siguió dentro del régimen, pero nunca volvió a confiar en Cuba. La relación se volvió una convivencia tensa, vigilada, casi mafiosa. Él sabía que los cubanos lo observaban. Los cubanos sabían que él los detestaba. Nadie disparaba, pero todos tenían el dedo cerca del gatillo.

El tiempo pasó y el poder se fue pudriendo. Maduro se sostuvo gracias al aparato cubano incrustado en la inteligencia, la contrainteligencia, la seguridad presidencial y el control interno. Cabello acumuló hombres, armas y secretos. Aprendió el submundo de Caracas como se aprende un mapa criminal, calle por calle, lealtad por lealtad. No gobernaba. Controlaba.

Entonces, el tablero volvió a moverse. La caída de Maduro dejó a Diosdado desnudo frente a una verdad: que su cabeza tiene precio y él es el próximo en la lista. No es retórica. Es una orden, una recompensa; una decisión que depende de Donald Trump y de Marco Rubio, quienes entienden que el problema central de Venezuela no es un nombre, sino la ocupación de la dictadura cubana del Estado.

La venganza contra Cuba

En ese momento aparece el as. Cabello sabe que no puede ofrecer democracia ni redención. Sabe que nadie en Washington le cree una palabra. Lo único que puede ofrecer es algo que duele de verdad a La Habana: limpiar a Venezuela de los espías y militares cubanos que mandan desde las sombras. Nombres, rutas, centros de mando, cadenas de control. Todo lo que conoce porque ayudó a construirlo y porque lo ha sufrido.

La jugada es brutal. Cabello usaría a sus hombres, sus matones, su control territorial para desmontar la estructura cubana pieza por pieza. No por patriotismo, sino por venganza y supervivencia. Cuba le robó el futuro cuando aisló a Chávez y lo sacó del camino. Ahora, él podría cobrar la deuda entregando a Washington lo que más le interesa: el fin del dominio cubano en Caracas.

Para Estados Unidos, el dilema no es moral. Es estratégico. Nadie confunde a Cabello con un salvador. La pregunta es otra: si un mafioso conoce la bóveda, tiene las llaves y está dispuesto a abrirla para salvar su vida, ¿se usa esa llave o se deja caer todo el edificio?

En esta historia no hay héroes. Solo poder, traición y un as oscuro que podría cambiar el juego en Venezuela y en el Caribe.

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