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Por Yeison Derulo
La Habana.- Quedan horas para el 173 aniversario del nacimiento de José Martí y ya Arleen Rodríguez Derivet lo empezó a recordar, pero haciendo el ridículo en público. Esta vez fue delante de Rafael Correa, nada más y nada menos, cuando se lanzó a decir que Martí escribió sus genialidades “sin conocer la luz eléctrica”. Una frase dicha con tono de iluminada, como si acabara de descubrir América, y que en realidad desnuda una ignorancia histórica alarmante, más grave aún viniendo de alguien que se vende como periodista e intelectual del régimen.
Martí no solo conoció la luz eléctrica, la vivió. Vivió la modernidad de su tiempo, caminó ciudades donde el progreso ya marcaba el pulso de la vida cotidiana y escribió desde el corazón mismo de ese mundo en transformación. Reducir su genialidad a una postal bucólica de candil y pluma es no haber leído a Martí o, peor aún, haberlo leído con los lentes torcidos de la propaganda. Eso no es un error menor: es una falta de respeto al pensamiento martiano y a la historia.
Lo verdaderamente bochornoso es el contexto. A horas de conmemorar el natalicio del Apóstol, Arleen decide soltar semejante barbaridad -la cara de Correa era un verso sencillo-, como si Martí fuera un guajiro deslumbrado por cualquier invento y no un intelectual de talla universal, profundamente informado de los avances científicos, tecnológicos y sociales de su época. Pero claro, el Martí que le conviene al castrismo es el congelado.
Esa frase no es casual. Es parte de una narrativa torpe que intenta presentar a Martí como un santo ajeno al progreso, para luego justificar un país anclado en el atraso. Si Martí escribió sin electricidad, entonces —según esta lógica miserable— no pasa nada con vivir apagados, sin futuro y sin derechos. Es el mismo cuento de siempre: manipular la historia para justificar el desastre presente.
Rodríguez Derivet no hizo más que confirmar el nivel de indigencia intelectual del oficialismo cubano. Usan a Martí como escudo, pero lo desconocen; lo citan, pero lo traicionan; lo celebran, pero no lo entienden. Y mientras tanto, el país sigue a oscuras, no solo por los apagones, sino por la cantidad de disparates que dicen quienes, en teoría, deberían al menos saber de qué están hablando.