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Por Max Astudillo ()
La Habana.- A ver… yo necesito que me expliquen esto como si tuviera cinco años. Porque la versión oficial del régimen cubano sobre lo ocurrido en Cayo Falcones desafía no solo la lógica, sino las leyes más elementales de la física. Una lancha de 24 pies, sin camarote, con un solo motor, transportando a diez hombres a través del Estrecho de la Florida con vientos de 21 nudos. Hasta ahí, ya es una hazaña de la náutica.
Sin embargo, lo que viene después es directamente un milagro de la logística: 25 armas, 12 fusiles, 11 pistolas, más de 12 mil municiones, chalecos, mochilas, equipos tácticos. Casi un almacén militar flotante. Uno se pregunta: ¿dónde metieron todo eso? ¿En el bolsillo? ¿En la neverita del pescado?
He visto lanchas de 24 pies. Conozco sus dimensiones. Diez personas ya van apretadas, rozándose los codos, sin espacio para moverse. Pero según el guion oficial, ahí también cabía medio depósito de guerra, perfectamente organizado, como si hubieran ido a una feria de armas en vez de a una travesía por el mar más traicionero del mundo.
La puesta en escena en la televisión cubana, presentada pro el desagradable de Humberto López, parecía más un showroom cuidadosamente montado que lo que realmente puede cargar una embarcación abierta con un solo motor enfrentando mar movida. Las armas alineadas, el equipo extendido, todo amplio, visible, dramático… solo faltó que alguien lo anunciara «próximamente en cines».
Y lo siento, pero a mí no me cuadra. No me cuadra físicamente. Una lancha de 24 pies tiene una capacidad de carga limitada. El peso de diez hombres ya supone cerca de 800 kilos. Sumen las armas: 12 fusiles, 11 pistolas, más de 12 mil municiones. Las balas pesan. Los chalecos pesan. Y las mochilas pesan. El equipo táctico pesa.
Estaríamos hablando de media tonelada adicional, como mínimo. ¿Una lancha de 24 pies con un solo motor, en el Estrecho de la Florida, con olas de metro y medio? Esa lancha no flota, se hunde en el primer minuto. O si flota, va tan calada de agua que no avanza, es un blanco perfecto.
No me cuadra logísticamente. Diez hombres en una lancha abierta, en medio del mar, con todo ese arsenal, ¿cómo lo distribuyen? ¿Dónde ponen las piernas? ¿Dónde ponen los fusiles? ¿Y dónde ponen las cajas de municiones? En un barco de ese tamaño, cada centímetro cuenta.
Las armas largas necesitan espacio para no engancharse, para no mojarse, para no perderse. Las municiones necesitan estar secas. Los chalecos necesitan estar accesibles. Es un rompecabezas imposible. A menos, claro, que hubieran ido sentados sobre las cajas, con los fusiles entre las piernas y los chalecos puestos. Pero entonces, ¿cómo pasaron desapercibidos? ¿Cómo navegaron? ¿Cómo no volcaron?
No me cuadra matemáticamente. Si sumamos el peso de los hombres, el peso del arsenal y el peso del combustible, superamos con creces la capacidad de carga de una embarcación de 24 pies con un solo motor. Las matemáticas no mienten. El mar puede ser traicionero, caprichoso, pero el espacio en una lancha no se expande por decreto, ni por discurso, ni por una puesta en escena televisiva.
Si van a contar una historia, al menos que quepa en la embarcación. Que sea creíble. Que no desafíe la física básica que aprendemos en la escuela. Porque si no, lo único que demuestran es que la realidad, para ellos, es maleable, flexible, y cabe en cualquier lado, incluso en una lancha de 24 pies que, según sus propias leyes, debería estar en el fondo del mar.
La pregunta final, entonces, es obvia: ¿para qué montar este teatro? ¿Para qué fabricar esta historia de acción y heroicidad fronteriza?
La respuesta, me temo, está en el mismo lugar de siempre: en la necesidad del régimen de justificar su propia violencia, de presentarse como víctima de una agresión inexistente, de tapar con un cadáver ajeno sus propias miserias.
Pero el problema de inventar historias que desafían la física es que la física siempre termina cobrándose su factura. Y esta vez, la factura la pagan cuatro muertos que nunca podrán contar su versión, y seis detenidos que ahora son rehenes de una narrativa que no les cabe en la lancha.