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Por Fernando Clavero ()
La Habana.- El tablero donde se juega el Mundial 2026 ya no es solo el de los estadios. Es el de la geopolítica dura, el de los aranceles como proyectiles y el de un viejo anhelo territorial de Washington que ha encontrado en Donald Trump a su ejecutor más temerario.
La amenaza de anexión de Groenlandia ha dejado de ser una boutade para convertirse en la política exterior activa de una administración que gobierna a base de ultimátums. Y en este juego de alto riesgo, donde Dinamarca moviliza a la OTAN y Europa responde con sanciones comerciales, Alemania ha colocado sobre la mesa una ficha que la FIFA nunca quiso ver: el boicot deportivo. La tetracampeona del mundo, la máquina eficiente y predecible, se transforma de repente en el elemento de presión más impredecible.
La advertencia de Jürgen Hardt, vocero de la CDU cercano al canciller Friedrich Merz, no es un farol de un político buscando titulares. Es la punta de lanza de un cálculo estratégico. Alemania sabe que su ausencia en Norteamérica no sería un simple hueco en el cuadro; sería una hemorragia de credibilidad, audiencia y, sobre todo, dólares para el torneo que Trump pretende usar como escaparate de su «América grande» restaurada.
Un Mundial sin la Mannschaft es como un Broadway sin el elenco principal: se puede representar, pero nadie pagaría el mismo precio por la entrada. Y Trump, por mucho que desdeñe el fútbol, entiende a la perfección el lenguaje de los balances y la grandeza.
Sin embargo, aquí reside el quid de la crisis: Donald Trump no permitirá que nadie, y menos una potencia europea a la que acaba de imponer aranceles, le boicotee su fiesta. El Mundial 2026, con su logotipo en las calles y su ceremonia inaugural planeada como un acto de fe en el poderío estadounidense, es ya una extensión de su marca política.
Un boicot alemán no sería interpretado como una protesta diplomática, sino como una afrenta personal y una debilidad exhibida ante el mundo. La respuesta no sería de la FIFA; sería de la Casa Blanca. Y sería desproporcionada, rápida y destinada a infligir un dolor económico que Berlín no podría ignorar.
El escenario, por tanto, no es el de 1974 o 1986, cuando los boicots africanos o soviéticos se movían en la lógica de la Guerra Fría. Hoy la amenaza es más sofisticada y peligrosa: la de una escalada donde el fútbol es el rehén en una negociación sobre soberanía ártica, seguridad energética y hegemonía atlántica.
La provocación de Piers Morgan, sugiriendo un bloqueo europeo masivo, aunque descabellada, ilumina la pesadilla real de la FIFA: que el conflicto trascienda a Alemania y arrastre a otras potencias continentales, dejando un torneo fantasmagórico donde los favoritos juegan desde casa.
Ante este precipicio, Gianni Infantino se encuentra en la posición más incómoda de su carrera. Su alianza táctica con Trump, construida sobre la promesa de orden y crecimiento, choca ahora con la rebelión de una de las federaciones más poderosas de su propio imperio.
Su mantra de «apolítico» se quiebra cuando la política entra por la puerta grande del comité ejecutivo. Su labor en los próximos meses no será organizar un sorteo, sino actuar como un canciller en la sombra, mediando entre un presidente estadounidense que no negocia bajo presión y una Europa que ha encontrado en el balón su única palanca de presión creíble.
Así las cosas, lo que está en juego en los despachos de Berlín y Washington no es la participación de Alemania, sino el alma misma del Mundial como evento global. Trump juega a la anexión; Alemania, al boicot; y la FIFA, a contener el incendio. Pero en esta partida a tres bandas, hay una verdad que todos conocen: por encima de Groenlandia, de los aranceles y de la diplomacia, está la obsesión de Trump por proyectar una victoria inapelable.
Y un Mundial boicoteado, fragmentado y manchado por la controversia no es una victoria. Es, en su propio lenguaje, un fracaso «tremendo». Y eso es algo que el 45º y 47º presidente de los Estados Unidos nunca aceptará.
El fútbol, sin quererlo, acaba de convertirse en el campo de batalla donde se definirá hasta dónde puede llegar un pulso entre continentes. Y la pelota, esta vez, es de titanio.