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Por Max Astudillo ()

La Habana.- La caída de Nicolás Maduro no fue un punto final. Fue un signo de exclamación en una oración que Washington ha empezado a escribir con letras mayúsculas y un plazo en rojo: 31 de diciembre de 2026. Lo que en Caracas fue una operación quirúrgica, en La Habana se planea como una intervención de urgencia.

El gobierno de Trump, envalentonado por el éxito venezolano, ya no habla de «presión máxima» ni de «cambio de comportamiento». Habla de fechas. De plazos. De un modelo que funcionó y que, según la nueva lógica de la Casa Blanca, es replicable antes de que suene la campanada de Año Nuevo. El objetivo ya no es debilitar al régimen; es programar su obsolescencia.

Leer artículo de The WAll Street Journal acá: (https://www.wsj.com/world/americas/the-u-s-is-actively-seeking-regime-change-in-cuba-by-the-end-of-the-year-1d0f178a?mod=hp_lead_pos7)

La estrategia, sin embargo, no pasa por desembarcos de marines ni por bombardeos de precisión. Pasa por una guerra más sigilosa y, para el castrismo, más letal: la de la deserción institucional. Según fuentes del propio aparato, Washington está rastreando de manera agresiva a «personas con información privilegiada» dentro del gobierno cubano.

No buscan espías clásicos; buscan funcionarios de segundo y tercer nivel, administradores de la miseria, burócratas que vean el abismo económico y prefieran un salvoconducto a un naufragio colectivo. Es la táctica del jaque mate silencioso: derribar el régimen desde sus propias oficinas, con sus propios archivos, firmado por sus propias manos.

La capitulación administrativa

El diagnóstico que maneja la inteligencia estadounidense es el de un paciente en coma farmacológico. La economía cubana no está en crisis; está en paro cardíaco técnico, mantenido artificialmente por transfusión de ideología. La pérdida de Maduro no fue un golpe diplomático; fue el cierre del grifo del salvavidas, el corte del suministro de petróleo que mantenía las bombas de agua funcionando y las ambulancias circulando.

Sin Venezuela, Cuba no es un estado frágil; es un cascarón a la deriva. Y Trump ha decidido que es el momento de dar el golpe de gracia, no por crueldad, sino porque cree, con fría aritmética capitalista, que es el momento de mayor rentabilidad geopolítica.

El modelo Maduro, por supuesto, no es un calco perfecto. Cuba no tiene un Edmundo González reconocido internacionalmente, ni una oposición unida, ni una masa crítica militar dispuesta a la fractura. Pero tiene algo que a Washington le resulta más valioso: una nomenklatura exhausta y una población que ya no teme al régimen, sino al hambre.

El «acuerdo» que se busca no es una rendición en una mesa de negociaciones con banderas; es una capitulación administrativa, un traspaso de poderes gestionado desde la sombra, donde los jerarcas intercambien inmunidad por entrega silenciosa de las llaves del país. Es el sueño húmedo de todo imperio: que el colonizado se auto-despache.

Antes de fin de año

La fecha límite —»antes de fin de año»— no es casual. Es un guiño a la psicología del poder moribundo. Es el recordatorio de que el tiempo, ese recurso que el castrismo siempre creyó tener de su lado, se ha convertido en su verdugo.

Cada apagón, cada cola, cada farmacia vacía es un tic-tac que Washington escucha con atención. El mensaje a La Habana es claro: pueden elegir el cómo, pero no el cuándo. El cuándo ya está decidido. La pregunta es si la cúpula prefiere un exilio dorado negociado en diciembre o un juicio espectacular en enero.

Así, lo que se avecina no es una invasión, sino una implosión orquestada. Trump no enviará la Flota del Atlántico; enviará ofertas de inmunidad, cuentas bancarias en Panamá y pasaportes para familias completas.

La batalla final del castrismo no será en la Plaza de la Revolución, sino en los pasillos del Ministerio de Economía, en las salas de juntas de empresas estatales, en la mente de aquellos que durante décadas aplaudieron por lealtad y que ahora deberán decidir por supervivencia. Estados Unidos ha dejado de pedir la caída del régimen. Ha empezado a comprarla por piezas. Y ha puesto, en el calendario, la fecha de entrega. Y lo dice The Wall Street Journal, quien asegura que Trump quiere verse como el hombre que consiguió la libertad de Cuba.

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