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Por Yeison Derulo
La Habana.- Cuando Alejandro Gil hablaba del encadenamiento productivo, lo hacía con esa seguridad teatral de los ministros que viven entre powerpoints y consignas prestadas. Prometía que la economía cubana, por arte de magia planificada, iba a convertir a cada empresa en una pieza eficiente de un gran engranaje nacional. Hoy, mientras el exministro cumple una cadena perpetua que muy pocos creen justa y casi todos sospechan política, lo único encadenado en Cuba es el propio país: atado a la miseria, al desgobierno y a un experimento económico que nunca fue más que propaganda maquillada.
Porque el famoso encadenamiento económico quedó exactamente donde siempre estuvo: en los discursos huecos. Gil insistía en que el turismo arrastraría al resto de los sectores, que la agricultura se integraría con la industria, que las Mipymes serían el lubricante de ese motor de cartón piedra. ¿Y qué tenemos hoy? Un turismo en caída libre, cosechas que dan pena, industrias paralizadas y Mipymes sobrevivientes a pesar del Estado, no gracias a él. Gil, desde su celda, probablemente mira hacia atrás y descubre que su proyecto nunca fue más que la sombra de una sombra.
Lo irónico del caso es que la dirigencia lo celebraba como si fuera un gurú económico. Lo aplaudían, lo citaban, lo ponían como ejemplo del “hombre nuevo” que entendía la economía marxista en pleno siglo XXI. Y ahora, con él condenado, hacen como si nunca hubiese existido. Nadie menciona que fue el propio gobierno quien avaló cada una de sus medidas, quien lo mantuvo en el cargo mientras el país se hundía en inflación, devaluación, hambre y apagones. Alejandro Gil cayó, pero su modelo fracasado sigue intacto, reproduciéndose como un hongo en las paredes húmedas de esta isla.
El pueblo, por su parte, sí sabe dónde quedó el encadenamiento económico: en la libreta de abastecimiento, en los mercados desiertos, en los apagones de doce horas, en el bolsillo roto del trabajador que no alcanza ni para un paquete de galletas. Gil hablaba de productividad mientras la gente hervía cáscaras de plátano; hablaba de inversión mientras los hospitales se desmoronan; hablaba de cadenas de valor mientras del campo solo salen malas hierbas. Ninguna economía puede encadenarse a la nada, y en Cuba la nada es política de Estado.
Al final, la historia de Alejandro Gil no es solo la historia de un ministro caído: es la metáfora perfecta del país. Un hombre que prometió mucho, ejecutó poco y terminó pagando por todos, excepto por los verdaderos responsables. Su encadenamiento más grande no fue el económico, sino el político. Y mientras él cumple su condena, Cuba sigue cumpliendo la suya: la cadena perpetua del fracaso, la improvisación y la misma retórica oxidada que nos hunde desde hace más de seis décadas.