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Por Oscar Durán
La Habana.- Miguel Díaz-Canel volvió a hablar como si gobernara un país normal. Esta vez dijo que “quienes hoy drenan histéricos contra nuestra nación lo hacen enfermos de rabia por la decisión soberana de este pueblo de elegir su modelo político”. La frase, más que indignación, provoca una pregunta básica: ¿quién le dijo a Canel que el pueblo cubano eligió algo? ¿En qué momento ocurrió esa supuesta decisión soberana? En 67 años de dictadura no ha existido ni una sola elección libre, ni un referendo plural, ni la mínima posibilidad de escoger entre dos modelos distintos.
El modelo político cubano nadie lo elegió; lo impusieron a sangre, cárcel y exilio. Lo impuso una familia con apellido Castro que secuestró el país en 1959 y lo convirtió en su finca privada. Desde entonces, generaciones completas han nacido, crecido y envejecido sin conocer otra cosa que no sea un Partido único, una prensa domesticada y una represión constante contra todo el que piense diferente. Hablar de “decisión soberana” en ese contexto no es cinismo: es una falta de respeto a la inteligencia colectiva.
Si el pueblo realmente hubiera elegido ese sistema, no haría falta vigilar, amenazar, encarcelar ni expulsar a nadie. No existirían presos políticos, ni actos de repudio, ni listas negras migratorias. No haría falta cortar internet cada vez que la gente sale a la calle a protestar. Un modelo legítimo se defiende con votos, no con boinas negras, juicios amañados y condenas de 20 años por gritar “Patria y Vida”.
Canel habla de ataques externos mientras ignora —o finge ignorar— que el principal agresor del pueblo cubano ha sido su propio gobierno. No fue Estados Unidos quien impuso el salario miserable, el hambre estructural, los apagones interminables ni el colapso de la salud. Tampoco fue Washington quien prohibió partidos políticos, sindicatos independientes o medios libres. Todo eso tiene una firma clara y repetida durante décadas: la del castrismo.
Lo verdaderamente histérico no es criticar a la dictadura, sino seguir sosteniendo una mentira tan vieja y podrida como esa “elección popular”. El pueblo cubano no eligió este desastre; lo padece. Y mientras Díaz-Canel siga hablando en nombre de una soberanía inexistente, la realidad seguirá golpeándolo en la cara: una nación empobrecida, cansada y cada vez menos dispuesta a tragarse el cuento de que vive como vive porque así lo decidió.
Es demasiado lo de este hombre y toda esa turba que tiene al lado. Si los cubanos -los que están en contra de ese circo- fuéramos uno, empezaríamos desde ya a buscar varias propuestas de presidentes para Cuba. ¿El mío? Baf, después de ocho Stella Artois, lo diré cantando: «se vive, se siente, Marco Presidente».
Respeten la pluralidad de opiniones, que los conozco.