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Díaz-Canel, el presidente que duerme con un ojo abierto

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Por Anette Espiosa ()

La Habana.- Miguel Díaz-Canel tiene miedo. No es el miedo abstracto de quien gobierna un país en crisis, sino el miedo concreto, físico, de quien sabe que hasta su propia almohada puede tener oídos. De todas las personas que lo rodean, confía a medias en su esposa, Lis Cuesta, y no absolutamente. Porque en este país de micrófonos ocultos y cámaras invisibles, la confianza es un lujo que ningún presidente puede permitirse. Y él lo sabe.

Sabe que cada guardaespaldas, cada asesor, cada empleado doméstico, está ahí también para informar. Para contar. Para delatar. El destinatario final de esos informes tiene un nombre: Raúl Guillermo Rodríguez Castro, El Cangrejo, que a su vez se los pasa al abuelo, al que verdaderamente manda.

Díaz-Canel ha encontrado micrófonos hasta en la ducha. Suena a película de espías, a paranoia de dictadorzuelo, pero es la realidad de un hombre que gobierna sin gobernar, que ocupa un cargo sin tener el poder, que es presidente pero sabe que su verdadero jefe es un anciano de 94 años que apenas sale de su casa.

El dizque presidente tiene miedo de que hasta las conversaciones íntimas con su mujer sean escuchadas por Raúl Castro. Y no es una exageración. Él recuerda lo que pasó con Roberto Robaina, aquel canciller joven, carismático, que un día se encontró con que su teléfono estaba intervenido y su carrera hecha pedazos porque Raúl así lo decidió. La historia se repite, solo cambian los nombres.

Teme ser moneda de cambio

Por eso ahora, cuando se habla de negociaciones con Estados Unidos, cuando los rumores apuntan a que el círculo de Marco Rubio está en contacto con el entorno de los Castro, a él nadie le ha dicho nada. Ni una palabra. Sabe, con la certeza de quien conoce las reglas no escritas de este juego, que puede ser usado como moneda de cambio.

Sabe que los Castro, si es necesario, lo entregarán a cambio de nada. O de algo. Y eso lo aterra. Porque Díaz-Canel no es un militar, no es un hombre de armas, no es un luchador callejero. Es un funcionario que por obra y gracia de la suerte —o de la mala suerte— se convirtió en presidente y ahora está arrepentido de haber aceptado el cargo.

Los que lo conocen, los que aún se atreven a hablar, dicen que ha perdido el apetito y el sueño. Dicen que las cosas importantes no las habla, las escribe en pequeñas hojas de papel. Él y Lis Cuesta se pasan notitas como adolescentes en un examen.

Hablan de lo trivial en voz alta, de la cena, de la ropa, del tiempo. Pero los temas delicados viajan en esos papelitos que después rompen en pedazos diminutos y echan al inodoro. Ven cómo el agua se los traga y esperan, con la mirada fija, a que no quede ni rastro. Esa es la intimidad del presidente de Cuba. Ese es el nivel de confianza que tiene en su propio palacio.

Quiere dejarlo todo e irse

Díaz-Canel no quiere verse como Nicolás Maduro, capturado y subido a un avión con destino a Nueva York. No quiere terminar como Saddam Husein, escondido en un agujero, ni como Muammar el Gadafi, linchado en una alcantarilla.

Él quiere otra cosa: una jubilación dorada, un exilio tranquilo, un lugar donde nadie le pregunte por los presos políticos, por los apagones, por el hambre. Pero el destino de los títeres que los Castro han usado suele ser el basurero de la historia. Y él lo sabe.

Por eso tiene miedo. Por eso duerme con un ojo abierto, y por eso ya no confía ni en el agua que bebe. Porque en esta Cuba de micrófonos y traiciones, hasta la ducha puede estar escuchando.

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