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Por Albert Fonse ()
Ottawa.- Quiero aclarar algo. Si de mí dependiera, Cuba estaría anexada a Estados Unidos mañana mismo. Pero la realidad política no funciona por deseos personales, funciona por procesos institucionales, equilibrios de poder y decisiones estratégicas.
La anexión no es un acto automático ni unilateral. Es un proceso largo que depende del Congreso de los Estados Unidos, y ese Congreso se renueva parcialmente el 3 de noviembre, cuando se celebran las elecciones de medio término. Para que cualquier escenario serio de anexión sea viable, primero tendría que existir una mayoría republicana más amplia y sólida que la actual. Sin ese margen político, cualquier propuesta de este calibre es inviable.
Además, esta opción depende directamente de que el presidente Donald Trump y el secretario de Estado Marco Rubio consideren que la anexión o un estatus territorial asociado benefician los intereses estratégicos, económicos y de seguridad nacional de Estados Unidos. Por eso he sido claro desde el inicio: el objetivo principal de este activismo no es imponer nada, sino lograr que esta opción exista, esté sobre la mesa y sea analizada seriamente por la administración.
Ahora bien, si ninguna de las variables de la anexión o de un estatus territorial es tomada en cuenta durante las negociaciones que sostiene la administración Trump con la dictadura cubana, y el escenario final conduce a unas hipotéticas elecciones libres bajo supervisión y protección estadounidense, mi postura no cambia. No abandono la idea anexionista.
En ese contexto, impulsaría la creación de un partido anexionista, liberal y de derecha, con una propuesta clara y coherente: como primer paso, convertir a Cuba en un territorio asociado a Estados Unidos, donde la defensa nacional y la política exterior estén en manos estadounidenses, mientras la política interna sea gestionada por cubanos electos democráticamente. Ese modelo iría acompañado de un Estado mínimo, impuestos bajos y un marco legal diseñado para convertir a Cuba en un centro de inversiones, negocios y desarrollo económico en el hemisferio.
No hay contradicción en este planteamiento. Hay realismo político. Primero, lograr un cambio real y seguro que saque a Cuba de la dictadura. Segundo, mantener viva y organizada una opción anexionista legítima, democrática y estructurada para que, cuando existan las condiciones, el pueblo cubano pueda decidir su futuro con información, libertad y respaldo institucional, vaya a un referéndum.