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Por Ethian Junco
La Habana.- Buena Fe pasó de cantar para un público joven y diverso en Cuba a convertirse en un dúo itinerante que parece encontrar oxígeno únicamente en países gobernados por regímenes autoritarios. Venezuela primero, Nicaragua después. No es una coincidencia ni un accidente de agenda: es el resultado natural de una banda que decidió amarrar su destino artístico a un discurso político que ya no conecta con la realidad ni con las nuevas generaciones de cubanos.
El anuncio del concierto en el Teatro Nacional Rubén Darío, en Managua, llegó envuelto en entusiasmo y nostalgia. Israel Rojas habló de alegría, de reencuentros y de canciones “de la vieja guardia”, como si el problema fuera solo el paso del tiempo. Pero no. El problema no es la edad de las canciones, sino el desgaste de un mensaje que durante años se alineó sin matices con el poder, mientras el país que los vio nacer se hundía en apagones, escasez y éxodo masivo. Hoy, en Cuba, Buena Fe ya no convoca multitudes, y eso dice más que cualquier ranking musical.
Resulta revelador que el dúo tenga que salir de la isla para encontrar escenarios favorables, y que esos escenarios estén, casualmente, en países donde la crítica al poder también tiene límites bien definidos. Nicaragua, gobernada por Daniel Ortega; Venezuela, bajo el chavismo; plazas donde el discurso “comprometido” no incomoda porque va en la misma dirección del oficialismo. Allí, Buena Fe no es incómodo ni contestatario: es funcional.
Mientras tanto, en Cuba, los jóvenes escuchan otras cosas -malas o buenas-, siguen a otros artistas y, sobre todo, desconfían de quienes durante años justificaron silencios, represión y fracasos. Buena Fe puede seguir cantando sobre amor, esperanza o trova, pero su imagen quedó marcada por una cercanía al poder que no supieron —o no quisieron— cuestionar cuando más falta hacía. La desconexión no es musical; es ética y generacional.
Así, el dúo que en su momento rompió esquemas y refrescó la trova cubana termina girando por países donde la democracia es una palabra incómoda y la disidencia, un problema. Buena Fe no fue expulsado del gusto popular por una conspiración ni por el “imperio”, sino por algo más simple y devastador: eligieron un bando, y ese bando envejeció mal. Hoy cantan lejos de casa, para gobiernos que aplauden lo que en Cuba ya nadie quiere escuchar.