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Por Oscar Durán
La Habana.- Vamos a dejar a Maduro a un lado. De verdad. Aunque la imagen del imbécil ese esposado en una cárcel de Nueva York le haya sacado una sonrisa a más de uno, la realidad es que nosotros seguimos exactamente en el mismo fango. El chikungunya sigue con sus estragos, los apagones no dan tregua, el hambre aprieta como nunca y la delincuencia anda suelta como perro sin dueño. Mientras perdemos tiempo celebrando lo ajeno -auqnue no tan ajeno-, Cuba se nos sigue muriendo delante de los ojos.
El arresto de Maduro —si es que sirve de algo más allá del morbo— alegró a millones de cubanos, sí. Es normal. Todo lo que huela a castigo para un dictador genera alivio. Pero cuidado con la trampa. Estos regímenes son expertos en desviar la atención, en usar cualquier noticia ruidosa para tapar su propia porquería. Hoy te hablan de Venezuela, mañana de un enemigo externo, pasado de una conspiración, mientras aquí no hay aspirinas, ni corriente, ni futuro.
Lo verdaderamente peligroso es que ahora quieran cobrarse todo lo que les salió mal en Venezuela con el pueblo cubano. Más represión, más presos, más miedo. Ya lo estamos viendo. Cada fracaso del socialismo regional se traduce en más palo para el de abajo. Y mientras algunos se entretienen con el destino de Maduro o con los cubanos que cayeron defendiendo a un tirano ajeno, nuestros presos políticos siguen pudriéndose en las cárceles, olvidados, castigados y silenciados.
No podemos permitir que nos desvíen la atención. El problema no está en Caracas ni en Nueva York. El problema está en La Habana, en Santiago, en Holguín, en cada barrio apagado y hambriento de esta isla. El problema es un sistema que no sirve, que no cura, que no alimenta y que solo sabe reprimir. Si no mantenemos el foco en nuestra miseria cotidiana, ellos ganan otra vez.
Preocupémonos, cubanos, por lo nuestro. Denunciemos a estos dictadores sin descanso. Hablemos de los presos políticos, del hambre, de la enfermedad, del apagón eterno y del país que se nos escapa entre los dedos. Todo lo demás es ruido. Y el ruido, en Cuba, siempre ha sido el mejor aliado de la dictadura.