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Por Luis Alberto Ramirez ()
Miami.- Yo no sé qué tienen que conversar el régimen de Cuba y Donald Trump, porque el uno no tiene nada real que ofrecerle al otro. Trump afirmó que estaba en negociaciones con La Habana y Miguel Díaz-Canel respondió que eso no es verdad
Ahora bien, La Habana miente por costumbre; no por una patología personal del líder de turno, sino porque la mentira es parte orgánica de la estrategia del sistema. Trump, en cambio, suele decir no solo lo que hace, sino lo que piensa hacer. Alguien está mintiendo, y no es Washington.
He aquí el dilema: ¿qué puede ofrecer La Habana? Solo lo que jamás ha querido conceder: libertad política, democracia, libertad de prensa, apertura económica, liberación de los presos políticos y garantías electorales reales. Pero si concediera eso, ¿para qué existiría entonces el castrismo?
Sería como echarse a los corrales para que los cerdos se lo coman. Concederlo equivaldría a un suicidio, no solo político, sino físico: de darse un cambio, paulatino o abrupto, el pellejo de toda la dirigencia comunista no valdría un centavo en el mercado de Cuatro Caminos.
El régimen de La Habana no tiene nada que ofrecerle a Trump, ni siquiera una promesa creíble, porque en ello les va la vida. Es cierto que, si no mueven fichas, Trump moverá las suyas; pero a La Habana eso le importa un rábano sin raíz. Preferirán hundir al pueblo en la miseria más absoluta, hundir la Isla en el mar si hiciera falta, y reprimir sin límites como hizo Irán, antes que entregar algo a Estados Unidos. No es que no quieran prometer: es que no pueden.
Cuba no es Venezuela. En Cuba hay demasiado odio acumulado y demasiada sangre que lavar. No se pueden comparar 26 años de opresión con 67 de sufrimientos. Por eso el diálogo es un espejismo: cuando lo único que se puede ofrecer es la libertad, y ofrecerla implica desaparecer, así, con esas prerrogativas, no hay negociación posible.