Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Por Anette Espinosa
La Habana.- El anuncio de la creación de Sinergia Global Biofarmacéutica, presentado por la Cancillería cubana como un “hecho de profundo significado”, merece leerse con bastante menos entusiasmo y mucha más lupa.
Cuba y Rusia firman un acuerdo en el sector biofarmacéutico mientras la isla no logra garantizar ni una aspirina en sus farmacias, y mientras su sistema de salud —ese que venden como potencia— depende cada vez más de donaciones, malabares y propaganda. El discurso oficial, como de costumbre, va por un carril muy distinto al de la realidad cotidiana del cubano de a pie.
Según el comunicado, esta empresa mixta —la primera con participación cubana en territorio ruso— se enfocará en medicamentos de alto impacto para la oncología, las enfermedades cerebrales y los trastornos autoinmunes. Todo suena muy bonito sobre el papel, pero el Gobierno no explica cómo un país sin insumos básicos, sin financiamiento estable y con una industria farmacéutica colapsada pretende insertarse de manera competitiva en un mercado tan exigente como el ruso.
Mucho menos aclara qué beneficios concretos llegarán a los hospitales cubanos, donde hoy faltan antibióticos, jeringuillas y hasta analgésicos elementales.
La misma soberanía que no ha podido evitar el deterioro de los centros de investigación, la fuga constante de científicos y la dependencia crónica de aliados políticos para sostener proyectos que casi nunca rinden frutos visibles.
Rusia, por su parte, no firma este tipo de acuerdos por altruismo ni por amor a la ciencia universal: responde a intereses estratégicos claros, en un contexto internacional donde ambos países buscan esquivar sanciones y vender la imagen de autosuficiencia que no logran sostener puertas adentro.
Al final, el acuerdo biofarmacéutico parece más una operación de maquillaje político que una solución estructural. Se anuncian empresas mixtas, se firman papeles y se pronuncian grandes palabras mientras el ciudadano común sigue haciendo colas interminables o pagando precios abusivos en el mercado informal para tratar una simple gripe.
La ciencia “al servicio de la humanidad” queda muy bien en un comunicado oficial; lo que sigue faltando, una vez más, es la ciencia —y la voluntad— al servicio del pueblo cubano.