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Por Esteban David Baró ()

La Habana.- A primera vista, el reciente anuncio del Gobierno cubano sobre permitir que las empresas extranjeras contraten de manera directa a sus trabajadores podría interpretarse como un avance largamente postergado.

Pero la pregunta que muchos se hacen es inevitable: ¿por qué tomó 66 años permitir algo que es norma en casi cualquier economía del mundo? La respuesta parece estar menos en una convicción reformista que en la urgencia de sobrevivir a la peor crisis económica en tres décadas.

En un país en el que las políticas económicas cambian abruptamente y sin consulta pública, la desconfianza es inherente.

La réplica la proporciona con claridad el economista cubano Pavel Vidal: “Cuba no tiene un problema de anuncios, sino de permanencia. Las reformas empiezan, se frenan, se desmontan o se revierten. Y el capital necesita horizonte”.

Esa es precisamente la preocupación central: ¿qué garantía existe de que esta apertura no será revertida, como tantas otras, cuando cambie el clima político o aparezca otra prioridad estatal?

Para muchos ciudadanos y expertos, la medida llega demasiado tarde y en un contexto demasiado crítico.

La falta de seriedad del régimen

Las reglas del juego, como recuerda un empresario extranjero radicado en La Habana que pidió anonimato, “pueden cambiar de un día para otro, con efectos devastadores. Lo que hoy se aprueba, mañana se suspende sin explicaciones y sin compensación. Ese es el mayor riesgo”.

Inversionistas conocen bien este patrón. Proyectos autorizados, luego paralizados, contratos reescritos, compromisos rotos. La sensación de vulnerabilidad es total.

La supuesta flexibilidad actual contrasta con más de seis décadas en las cuales la contratación laboral solo podía hacerse a través de empleadoras estatales, un mecanismo que reducía autonomía empresarial y servía como herramienta de control político.

Que el Gobierno dé un giro ahora, justo cuando la economía se encuentra al borde del colapso, genera la percepción de que se trata más de una maniobra de emergencia que de una visión estratégica.

Como señala la socióloga Elaine Díaz, “las reformas en Cuba llegan siempre empujadas por la crisis, no por la voluntad de modernización”.

El anuncio se complementa con otras medidas, desde permitir capital extranjero en el sistema financiero hasta autorizar la importación directa de combustible, que, en teoría, buscan dinamizar la economía.

La confianza no se gana con decretos

Pero sin un marco institucional estable, sin certeza jurídica y sin mecanismos reales de rendición de cuentas, estas iniciativas pueden terminar replicando el mismo ciclo de promesas incumplidas.

Según el economista Omar Everleny Pérez, “la inversión extranjera necesita estabilidad, no improvisación. Cuba no puede seguir cambiando las leyes cada vez que hay aprietos”, subraya.

El fantasma del retroceso está siempre presente, porque ya ha ocurrido. Como recuerda un exinversionista español, “Cuba abre, cierra, vuelve a abrir y vuelve a cerrar. En ese vaivén, los que pierden son los empresarios y los trabajadores. El Estado nunca pierde”.

La inversión extranjera solo puede prosperar cuando existe previsibilidad, respeto a los contratos y protección a los derechos laborales.

Mientras persista la lógica de reformas tácticas, no estratégicas, cualquier novedad corre el riesgo de ser apenas otro movimiento temporal, no una transformación estructural.

En última instancia, la confianza no nace de anuncios ni decretos, sino de estabilidad, continuidad y coherencia. Y, tras 66 años de espera, eso es exactamente lo que la población cubana sigue echando en falta.

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