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La libertad no puede construirse sobre pactos turbios

Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- De última hora… y sin miedo. El momento es confuso. Las noticias circulan con velocidad, los rumores se multiplican y, en medio de ese clima cargado de incertidumbre, ha aparecido un artículo en el periódico estadounidense USA Today que sugiere escenarios políticos inquietantes sobre el futuro de Cuba.

No creo esa vileza.

No puedo aceptar la idea de un supuesto “cambio” en el que los herederos del poder castrista permanezcan intactos, como si nada hubiera ocurrido durante más de seis décadas de ruina nacional. Un cambio con los mismos dueños del poder no sería una transición: sería una maniobra.

Y Cuba no puede volver a ser víctima de otra maniobra histórica.

La libertad de una nación no se negocia en pasillos oscuros ni se diseña en laboratorios de conveniencia geopolítica. La libertad nace de la voluntad soberana de los pueblos, no de arreglos calculados para preservar estructuras de poder que han fracasado moral, política y económicamente.

El artículo de USA Today deja abiertas interpretaciones que, en el mejor de los casos, resultan confusas y, en el peor, profundamente turbias. Sugiere la posibilidad de fórmulas de transición donde los pilares del poder actual podrían permanecer como árbitros o garantes del proceso.

Esa idea contradice la esencia misma de la libertad.

Cuba no puede jugar en el terreno de la intriga ni del engaño.

Cuba merece otra cosa

Durante más de seis décadas el régimen ha perfeccionado un sistema basado precisamente en eso: manipulación política, simulación institucional y promesas que jamás se cumplen. Pensar que el mismo aparato que destruyó la economía, fracturó la sociedad y expulsó a millones de cubanos pueda convertirse de pronto en garante de la democracia es una contradicción histórica.

Las naciones que han recuperado su libertad lo han hecho sobre principios claros: ruptura con el sistema de dominación, restitución del Estado de derecho y apertura real al pluralismo político.

No existe otra vía honesta.

Aceptar un cambio cosmético sería prolongar el drama nacional. Sería permitir que la estructura de control sobreviva bajo nuevos nombres. Sería perpetuar la cultura política de la simulación que tanto daño ha hecho a la conciencia de la nación.

Cuba merece algo muy distinto.

Merece una transición limpia, transparente y auténtica. Una transición en la que el pueblo recupere su soberanía y en la que ningún apellido, ninguna cúpula ni ningún aparato de poder heredado pueda imponer condiciones al futuro.

La nación cubana no necesita tutores del viejo régimen. Necesita instituciones libres. Necesita justicia. Y necesita verdad.

Por eso, frente a cualquier insinuación de pactos oscuros o fórmulas engañosas, la respuesta debe ser clara y firme:

No queremos un cambio mientras los Castro se quedan. No queremos una transición diseñada para salvar al sistema que destruyó la República. Queremos una Cuba libre.

Y la queremos sin intrigas, sin trampas y sin engaños. Porque la libertad, cuando llega de verdad, no se disfraza. Se reconoce de inmediato.

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