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Por Jorge L. león (Historiador e investigador)

La política estadounidense hacia Cuba ha entrado en una fase de máxima tensión. La decisión del presidente Donald J. Trump de declarar una emergencia nacional respecto a la isla no es un gesto retórico ni una maniobra electoral: constituye una señal política, jurídica y estratégica que coloca al régimen cubano en el centro de una confrontación directa con Estados Unidos y, por extensión, con el orden internacional liberal que La Habana ha desafiado durante décadas.

Esta declaratoria marca un punto de inflexión. Ya no se trata de sanciones aisladas ni de simples restricciones comerciales, sino del encuadre formal del régimen cubano como una amenaza activa a la seguridad nacional y a la política exterior estadounidense.

El mensaje es inequívoco: Washington considera que Cuba ha cruzado líneas que no pueden seguir siendo toleradas.

La emergencia nacional: ¿qué significa realmente?

La figura de “emergencia nacional” dentro del sistema jurídico estadounidense no es simbólica. Otorga al presidente facultades extraordinarias para bloquear activos, imponer aranceles, sancionar a terceros países y reconfigurar relaciones económicas y diplomáticas. En el caso cubano, el foco inmediato se sitúa en el suministro energético.

La orden ejecutiva abre la puerta a aranceles punitivos contra cualquier país o entidad que venda o facilite petróleo a Cuba, atacando el punto más vulnerable de la estructura económica del régimen: su absoluta dependencia de la energía importada. Sin combustible no hay transporte, no hay industria, no hay generación eléctrica sostenida ni control social eficiente.

Trump no improvisa. Aplica una palanca clásica del poder duro: aislar energéticamente a un régimen que ya se encuentra en estado de agotamiento estructural.

¿Qué empujó a Trump a tomar esta decisión?

Las razones expuestas por la Casa Blanca combinan factores de seguridad, geopolítica y una acumulación histórica de agravios.

Cuba mantiene alianzas activas con adversarios estratégicos de Estados Unidos, como Rusia, China e Irán, en ámbitos de inteligencia, tecnología y seguridad. Para Washington, la isla opera como una plataforma avanzada de actores hostiles a apenas noventa millas de sus costas.

A ello se suma la persistente denuncia sobre infraestructuras de inteligencia y monitoreo instaladas en territorio cubano, destinadas a la recopilación de información sensible sobre Estados Unidos.

En el plano regional, La Habana no actúa como un actor pasivo. Ha sido ingeniera política, asesora represiva y soporte logístico de regímenes autoritarios en América Latina, desde Venezuela hasta Nicaragua, contribuyendo activamente a la desestabilización democrática del continente.

Finalmente, la persistente violación de los derechos humanos —represión interna, criminalización del disenso y encarcelamiento de opositores— sigue siendo política de Estado, sin señales creíbles de reforma.

La conclusión de Trump es clara: la contención blanda fracasó, y la tolerancia estratégica solo ha prolongado artificialmente la supervivencia del régimen.

Medidas en estudio: asfixia financiera y energética

Junto a la declaratoria de emergencia nacional, la administración Trump evalúa —y en algunos casos ya prepara— medidas adicionales de presión directa destinadas a privar al régimen cubano de toda fuente de oxígeno económico.

Entre ellas se contempla la restricción severa o eliminación de remesas y paquetería, flujos que, aunque presentados como ayuda familiar, terminan alimentando al Estado cubano a través de monopolios militares, tasas abusivas y canales controlados por el poder.

También se estudian represalias económicas contra terceros países que vendan, faciliten o incluso donen petróleo a Cuba. La política no distingue entre comercio y “solidaridad”: cualquier suministro energético será considerado un acto hostil sujeto a sanciones o exclusión del mercado estadounidense.

A ello se suma el bloqueo de mecanismos indirectos de financiamiento, cerrando rutas financieras, aseguradoras, navieras y sistemas de intermediación que han permitido al régimen burlar sanciones y obtener divisas.

El objetivo estratégico es inequívoco: cortar el oxígeno económico y energético de la élite gobernante, separando su supervivencia del sacrificio perpetuo del pueblo cubano.

Cuba juega con fuego: ¿a quién sirve hoy La Habana?

El régimen cubano se encuentra en una posición extremadamente peligrosa. Al persistir en su alineamiento con potencias enfrentadas a Estados Unidos, Cuba deja de actuar como Estado soberano para convertirse en moneda de cambio geopolítica.

Hoy sirve a intereses que no buscan el bienestar del pueblo cubano: a Rusia, como enclave simbólico y estratégico en el hemisferio occidental; a China, como punto de apoyo político y tecnológico; y a regímenes autoritarios regionales, como proveedor de know-how represivo.

A cambio recibe promesas, retórica y apoyos insuficientes para sostener una economía colapsada. La isla ya no exporta influencia: es dependiente, frágil y prescindible.

El corte del petróleo venezolano, sumado ahora a la amenaza de sanciones a cualquier nuevo proveedor, coloca al régimen ante un escenario límite. Las reservas energéticas son mínimas, la infraestructura obsoleta y la población vive al borde de la supervivencia cotidiana. En estas condiciones, jugar a la provocación estratégica no es valentía ideológica, sino irresponsabilidad histórica.

Valoración final: un régimen acorralado por sus propias decisiones

La emergencia nacional declarada por Trump no crea la crisis cubana: la desnuda. El colapso económico, el agotamiento social y la pérdida de legitimidad política son consecuencias directas de un modelo fracasado desde hace décadas.

Estados Unidos ha decidido dejar de administrar ese fracaso y comenzar a forzar definiciones. Al régimen cubano le quedan pocas opciones reales: iniciar una transformación profunda y verificable o avanzar hacia un aislamiento aún más severo, con consecuencias imprevisibles.

Lo verdaderamente trágico es que, como siempre, el precio lo paga el pueblo cubano, rehén de una élite que prefiere servir a intereses externos antes que reconciliarse con su propia nación.

La historia entra en una fase decisiva. Y esta vez, Cuba no está en el centro por su ejemplo, sino por su advertencia.

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