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Por Ernesto Ramón Domenech Espinosa ()

Toronto.- Por estos días en la Isla-Cárcel se vuelve a montar el show funerario. Han llegado desde Venezuela 32 cajas que contienen polvo de huesos. La brigada cubana de mercenarios desplegada en Caracas fue barrida sin oposición en media hora. A Nicolás Masburro no le sirvieron de nada sus círculos segurosos; ya tiene cama en una prisión de Nueva York. En Cuba, sin embargo, ese fracaso militar y político se ha trocado en carnaval de histeria y propaganda.

Y ha sido así desde el mismo 1959. Aquellas promesas de Libertad, Justicia y Pan chocaron contra un muro de Mentira, Robo y Terror. Al pueblo se le ofreció como única opción a la Patria la Muerte. Se impuso el culto a las armas, al paredón, al tiro de gracia; se alardeaba del desprecio a la vida en la TV o en las calles. Desde el Poder se convocó, entre consignas y aplausos, a la muerte heroica, a la muerte necesaria, a la muerte redentora.

La nuestra ha sido una doble muerte: primero fue el espíritu (la Fe fue canjeada por la Ideología) y luego el cuerpo. Nos precisan dóciles, serviles, tristes, cobardes. Nos quieren quebrados, zombis, muertos. En medio del carnaval y la inocencia, muy sutilmente, nos colaron una guaracha que anunciaba: “Se acabó la diversión, llegó el Comandante y mandó a parar”, para luego martillar con el trovado amenazante del “… ojalá por lo menos que te lleve la muerte”, o la impostura de “… es preferible hundirnos en el mar antes de traicionar la gloria que se ha vivido”. ¿Pablo, de qué gloria nos estabas hablando?

La doble moral del que llora

Las mil y una formas de morir, difuntos para un escenario de banderas y discursos, combustible perfecto para reavivar la hoguera de la utopía socialista. Entierros multitudinarios y días de luto que harán olvidar por 48 horas la verdadera tragedia, las urgencias del día a día que consumen y angustian a millones de seres humanos: el hambre, los apagones, las enfermedades, las colas infinitas, la falta de alimentos, de medicinas, de transporte.

El espectáculo que ofrece el castrismo es bochornoso: han sacado incluso a los cadáveres de Raúl Castro y Machado Ventura para encabezar la ceremonia. Igual de bochornoso, quizás peor, son esas “auténticas” muestras de indignación, tristeza y compromiso de cientos de cubanos que posan junto a los féretros y vuelven a recalcar frente a las cámaras su odio al Imperio y su disposición de dar hasta la última gota de sangre por la Patria, y bla, bla, bla.

Ni la dirigencia de la tribuna se cree el lagrimeo improvisado en el escenario. Todos sabemos que es dolor fingido. Ellos saben que nosotros sabemos que es una farsa con final sabido, que la mayoría del pueblo los odia, los desprecia. Los que hoy se muestran afligidos y dispuestos, mañana tratarán de conseguir una visa a España, a Francia o a Canadá para buscar el bienestar y progreso que les han sido negados en su país. No pocos llegarán a EE. UU. pidiendo auxilio.

No murieron por la Patria

“Morir por la Patria es vivir”, repiten una y otra vez los entrevistados, también algunos de los familiares de las víctimas de los Delta Force. “Morir por la Patria es vivir” es un cartel enorme que sirve de decorado en las funerarias y velorios. Y Morir por la Patria es vivir” entonan los cantores y poetas de la Dictadura que les paga y atiende. Pero no ha sido por la Patria. Las muertes en Angola, en Siria, en Etiopía, en Bolivia, en Nicaragua, y ahora en Venezuela, no han sido por Cuba, por la Dignidad, por un ideal.

Nada que ver con la honra o el decoro de tanta muerte inútil. Ha sido, de nuevo, la Muerte para alimentar el Ego del Tirano, la Muerte como excusa para evitar hablar de los verdaderos problemas, la Muerte como amenaza, como advertencia pública contra aquellos que todavía se atreven a desafiar al Poder y no bajan la cabeza, la Muerte como objeto de valor, como moneda de cambio: de afuera llegará el petróleo, las maquinarias, los marfiles o el diamante; nosotros ponemos los muertos.

Siempre la Muerte: la oportuna y anónima muerte del combatiente, el maestro o el obrero; la muerte en un rincón, abandonados a su suerte, olvidados, de los que una vez fueron famosos deportistas (Osvaldo Lara, Abel Sarmiento, Douglas Rodríguez, Jorge Luis “Tati” Valdés); la silenciada muerte, los asesinatos, de los niños del “Remolcador 13 de marzo”, de Orlando Zapata Tamayo, de Laura Pollán, de Oswaldo Payá Sardiñas.

Los hijos del poder nunca mueren

Y, por sobre todas las cosas, que sea la Muerte de los Otros, de Nosotros. Nunca aparecerá en las noticias la muerte en misiones internacionalistas, en cumplimiento del deber, sacrificados con orgullo, de ninguno de los miembros de la familia Castro-Ruz, de los hijos o nietos de Ramiro Valdés, Che Guevara, Machado Ventura, Díaz-Canel. A esos también les llegará la hora, sí, pero morirán de viejos, atendidos en clínicas bien surtidas, entre el lujo y la opulencia en el que siempre vivieron.

Ellos, los Miserables, nos piden que resistamos, que nos inmolemos, que no nos rindamos, que es preferible el suicidio antes de la derrota. Hipócritas y cobardes que, en los eventos del Moncada, de Alegría de Pío o en las selvas bolivianas, desoyeron sus propias órdenes, abandonaron a sus compañeros, y huyeron, y se entregaron sin ofrecer resistencia. Y todavía quedan estúpidos, ignorantes y canallas en Cuba que creen en el valor del Partido Comunista, en el honor de ser miembro de las FAR, el MININT o chivato de barrio.

Hoy Cuba es un inmenso cementerio; en montañas de escombros flotan edificios, portales, pueblos enteros; hay tumbas regadas por toda la explanada. Han enterrado los sueños, la ilusión, las esperanzas. Lo han destruido casi todo. A pesar de esta larga noche, el grito de Libertad no se apaga; el clamor por el Cambio Real ilumina el camino y llega desde todos los confines del planeta: cubanos dentro y fuera de la Isla que no se resignan a morir sin antes dar pelea, gente que ha perdido el miedo, compatriotas que alzan sus voces contra la Mentira y el Terror, amigos y hermanos que, en medio de la Tragedia, no olvidamos quiénes somos y volvemos a entonar ese himno nuevo: ¡PATRIA Y VIDA, PATRIA Y VIDA, PATRIA Y VIDA!

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