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Por Jorge L. León

Houston.- Los imperios no siempre caen por guerras. A veces caen cuando un pueblo descubre que el miedo es una cárcel interior. Un hombre desarmado puso de rodillas al Imperio británico porque convirtió la dignidad en una fuerza política. Mahatma Gandhi lo demostró: la libertad no empieza en las calles, sino en la conciencia.

Cuba no está derrotada. Está anestesiada. Y la anestesia es más peligrosa que la herida.

Lo que gobierna hoy la isla no es un sistema político, sino una estructura de humillación. No administra un país: administra el miedo, la escasez y la resignación. Ya no prometen futuro, solo administran la supervivencia.

La pobreza no es un accidente: es un método. El hambre no es una falla: es una herramienta. El éxodo no es una tragedia espontánea: es una estrategia de vaciamiento humano.

Las Fuerzas Armadas dejaron de ser columna de soberanía para convertirse en custodios de una élite degradada. No defienden la patria: vigilan a su propio pueblo. No custodian fronteras: custodian privilegios.

El 11 de julio de 2021 rompió el hechizo. Por unas horas, el miedo fue derrotado. Y cuando el miedo cae, el poder tiembla. La respuesta no fue política: fue militar. No fue diálogo: fue represión. Ese día el poder dejó de fingir.

Hoy el país sobrevive entre apagones crónicos, colapso sanitario, desabastecimiento estructural y un aparato de propaganda que ya no convence ni a quienes lo repiten. Cuba no vive una crisis: vive una descomposición.

Y frente a esa descomposición surge la pregunta central de toda época histórica: ¿qué hace un pueblo cuando le arrebatan la dignidad?

La dignidad no se mendiga. No se pide. No se negocia. Se ejerce

No se trata de barricadas. Se trata de conciencia. No se trata de sangre. Se trata de límites. No se trata de gritos. Se trata de negarse.

Negarse a obedecer la mentira.

Negarse a participar en la farsa.

Negarse a simular entusiasmo.

Negarse a legitimar el abuso.

Ese es el verdadero poder del ciudadano.

Los regímenes autoritarios no caen por invasiones externas. Caen cuando dejan de ser sostenidos por la obediencia cotidiana. Caen cuando millones dejan de alimentar la maquinaria con actos pequeños de sumisión.

A los que sostienen este sistema por comodidad, miedo o conveniencia, la historia no los absolverá con silencio. No hay zona neutral entre la dignidad y la humillación.

Los aparatos de represión siempre creen que son eternos. Nunca lo son. Todos terminan enfrentados a la memoria, que es más cruel que cualquier tribunal.

Cuba no necesita violencia. Necesita despertar

Necesita un pueblo que deje de vivir de rodillas interiores. Que deje de aceptar la humillación como destino. Que convierta la dignidad en una posición cotidiana.

Cuando eso ocurra, no habrá que gritar consignas. Bastará con que el miedo deje de gobernar.

Y el día que el silencio deje de ser sumisión, será el día en que la isla recupere su alma.

Lo dijo José Martí, y sigue siendo una verdad intacta:

«Hay que tirar lejos el yugo que nos oprime, para pararnos sobre él y alcanzar la estrella que ilumina.»

El momento no lo decide el poder.

Lo decide la conciencia de un pueblo.

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