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Por Jorge Sotero ()
La Habana. Me cuesta creer de que se quejan los cubanos. Si el único problema que tienen es la electricidad, que se va como un novio cobarde a medianoche y vuelve cuando le da la gana.
Por lo demás, la isla es una utopía caribeña donde el transporte público funciona con la puntualidad de un tren bala japonés —bueno, si por «puntualidad» entendemos que el camión pasa cuando el motor decide no rendirse ante las leyes de la termodinámica.
Y los ancianos son venerados como en Rusia, aunque aquí el respeto se mide en cuántas horas aguantan haciendo cola bajo el sol por un pollo que nunca llega.
Los niños, por supuesto, tienen escuelas con todas las garantías, como en Dinamarca. Si por «garantías» incluimos aulas sin goteras, pupitres que no se caen a pedazos y maestros que no emigran a Panamá a la primera oportunidad.
No hay qué decir de la abundancia de alimentos, comparable a la de Estados Unidos: en Cuba hay de todo… en el mercado negro, a precios que harían llorar a Jeff Bezos. Pero eso es solo un detalle, porque el cubano promedio ya sabe que la dieta del futuro es aire con sabor a nostalgia.
La productividad es envidiable, como en Israel. Bueno, quizá no exactamente como en Israel, porque aquí la innovación consiste en convertir un pedazo de espuma en unas sandalias o reciclar un tanque soviético en una cafetera. Pero hey, el ingenio no tiene fronteras, aunque los cubanos sí, porque salir del país es como ganarse la lotería al revés.
La Salud Pública es de primera, como en Noruega. Si ignoramos que los hospitales parecen escenarios de películas postapocalípticas y que la aspirina es más valiosa que un Rolex. Pero no importa, porque los médicos cubanos son los mejores del mundo… aunque la mitad esté trabajando en Madrid.
Mientras, la policía es tan respetuosa como la canadiense, si entendemos que «respetuosa» significa que te piden una coima con una sonrisa de «esto es por tu bien, camarada». O te aclare que el ‘cuerpo’ solo está para proteger la dictadura.
El gobierno, por supuesto, es tan pulcro y honesto como el suizo. Si Suiza fuera un país donde los mismos apellidos llevaran 65 años en el poder y la palabra «transparencia» solo se usase para describir el agua que no llega a las tuberías. Y la criminalidad es como la de Liechtenstein, si Liechtenstein tuviera hampa pero sin glamour. Aquí hasta los ladrones son austeros: roban poco porque no hay mucho que robar.
En fin, ¿qué más puede pedir un pueblo? Tienen una salud como la de Finlandia (pero sin medicinas), una obediencia a la ley como en Islandia (pero sin libertades) y un futuro tan prometedor como el de un billete de lotería raspado.
Así que, cubanos, dejen de quejarse. Que en este paraíso socialista lo único que falla es la luz… y la comida, el transporte, los salarios, la libertad, el agua, los derechos y la esperanza. Pero, oye, nadie es perfecto.