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Hoy en día la Reina del Ajedrez es la dueña del cotarro: manda en filas, columnas, diagonales y en el orgullo del rival, pero durante casi mil años fue apenas nada.
En sus orígenes (allá por el mundo árabe), la pieza ni siquiera era una mujer; era el Visir o Alferza. El rey mandaba; las torres imponían; los alfiles conspiraban y el alferza estaba ahí. No atacaba, no defendía, no decidía, no pintaba nada ¿Y qué hacía? Moverse una triste casilla en diagonal. Un paso. Uno solo. Era el equivalente a tener a un guardaespaldas con lumbago crónico: no asustaba a nadie y las partidas duraban más que una obra en la M-30. Sí, como lo oyes. El ajedrez medieval era un tostón de proporciones bíblicas.
Pero llegamos a finales del siglo XV (entre 1475 y 1495, más o menos) y algo hace clic. En Valencia (España) o en algún lugar de Italia, las reglas mutaron radicalmente. El Alferza desapareció y nació la «Reina», adoptando el movimiento combinado de la torre y el alfil y permitiendo cruzar el tablero de punta a punta. En un abrir y cerrar de ojos, la pieza más débil se convirtió en una máquina de matar. Los puristas de la época pusieron el grito en el cielo. «¡Esto es una locura!», decían. Les habían cambiado un juego de estrategia lenta por un deporte de riesgo.
¿Por qué ocurrió este cambio? Hay dos teorías principales y ambas tienen su miga:
– El ajedrez medieval era lento. Una partida podía durar horas de maniobras aburridas. Al darle a la reina un alcance ilimitado, el juego se volvió explosivo, ágil y mucho más corto.
– El «Efecto Isabel» (la que me gusta a mi). Aquí vamos a fijarnos en la reina Isabel la Católica. Mientras Fernando hacía sus cosas, Isabel, que no era la “mujer del rey”, estaba en el frente, organizando asedios y cortando el bacalao. Muchos historiadores apuntan a que el empoderamiento de la pieza coincide con el auge de figuras femeninas potentes en Europa, con Isabel al frente. Tener una reina real que mandaba más que nadie y una reina de madera que no podía ni saltar un peón era un insulto a la inteligencia. Así que, el tablero se convirtió en un espejo de la realidad.
Y como siempre ocurre, no a todo el mundo le pareció bien: los jugadores de la vieja escuela odiaron esta nueva regla y llamaron al juego «Ajedrez de la dama», «Scacchil all rabiosa» (ajedrez rabioso) en Italia y «Echecs de la dame enragee” (el ajedrez de la reina enloquecida) en Francia.
La reina no siempre fue la reina. Fue una figurante con título. Se volvió poderosa cuando Europa aceptó una idea peligrosa: “una mujer también puede ser el centro del poder”. Y el tablero lo asumió antes que muchos tronos.
¿Pensabas que siempre había sido la jefa? (Tomado de Historias de la Historia)