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Cuando la música se siente, no se escucha

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A veces, la música no entra por los oídos. Entra por el cuerpo.

Eric Clapton estaba inmerso en un solo de guitarra cuando algo en la primera fila rompió el hechizo del concierto. Doce mil personas estaban de pie, gritando, moviéndose al unísono. Y justo en medio de todo, una adolescente permanecía sentada, completamente inmóvil.

Era el 23 de septiembre de 1992, en el Centro Nacional de Exposiciones de Birmingham, Inglaterra. Clapton estaba en plena gira Journeyman, con el estadio lleno y la energía en lo más alto. Pero en la tercera fila, al centro, había alguien que no reaccionaba como los demás.

Se llamaba Sarah Mitchell. Tenía dieciséis años. Y era sorda de nacimiento.

Sarah no podía oír la guitarra, ni los amplificadores, ni los gritos del público. Pero amaba profundamente a Eric Clapton. Había aprendido música de otra manera: a través de la vibración. Ponía las manos sobre los altavoces en casa, estudiaba videos para memorizar el movimiento de los dedos, leía labios para seguir letras que nunca había escuchado. Insistía en que no necesitaba el sonido para sentir la música.

Para su cumpleaños número dieciséis, pidió una sola cosa: ver a Clapton en vivo.

Esa noche, mientras el público saltaba y aplaudía, Sarah permanecía quieta, con las manos presionadas contra el pecho, siguiendo el ritmo que recorría su cuerpo. Sus ojos no se apartaban de las manos del guitarrista.

Clapton la vio durante. Primero pensó que algo no estaba bien. Luego observó con más atención. Vio cómo sus manos seguían el ritmo exacto. Comprendió de inmediato.

Ella no podía oír la música. Pero la estaba sintiendo.

En mitad de la canción, Clapton detuvo a la banda. El estadio quedó en silencio. Señaló hacia ella y pidió que la acercaran al escenario. Sarah no entendía qué ocurría hasta que su madre, entre lágrimas, le explicó con señas.

En el escenario, Clapton hizo traer una silla. Colocó un amplificador justo detrás de ella y subió el volumen, especialmente los graves. Ajustó todo para que las vibraciones viajaran directamente a su cuerpo.

Luego volvió a tocar. No para el estadio. No para la multitud. Tocó para ella.

Sarah cerró los ojos. Las lágrimas corrieron por su rostro mientras la música atravesaba su pecho, sus huesos, su respiración. El público guardó silencio absoluto.

Durante esos minutos, Eric Clapton le recordó al mundo algo esencial: la música no siempre se escucha. A veces, simplemente se siente.

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