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Cuando la ingeniería buscó la desesperación

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Por Datos Históricos

La Habana.- Para 1944, Alemania ya no estaba librando una guerra de conquista. Estaba luchando por retrasar lo inevitable.

Las ciudades eran ruinas, la industria trabajaba bajo bombardeo constante y los recursos materiales y humanos se agotaban. El frente se encogía, pero la presión aumentaba. Y en ese contexto nació una nueva forma de armamento: no más grande, no más poderosa, sino más barata, más extrema… y, en muchos casos, prácticamente suicida.

Fue el momento en que la ingeniería dejó de buscar superioridad y empezó a buscar desesperación.

Uno de los ejemplos más inquietantes fueron las K-Verbände, las “pequeñas unidades de combate” navales de la Kriegsmarine. Su arma más conocida fue el torpedo tripulado Neger.

El concepto era tan simple como cruel. Dos torpedos unidos uno sobre otro. El inferior era el explosivo real. El superior era una cápsula mínima para un hombre. El piloto viajaba acostado, con apenas una cúpula de plexiglás sobresaliendo del agua. Sin radar. Sin protección. Sin posibilidad real de escapar.

Su misión era acercarse a un buque enemigo en la oscuridad, lanzar el torpedo inferior y, si tenía suerte, intentar volver. Pero la mayoría no lo lograba. Algunos morían asfixiados por los gases de las baterías. Otros se desorientaban en la noche. Otros eran detectados y abatidos desde cubierta.

En julio de 1944, durante los combates navales posteriores al desembarco de Normandía, estos torpedos lograron hundir dos dragaminas británicos y el crucero polaco Dragon. A cambio, casi todos los pilotos murieron. De unos cuarenta enviados, casi ninguno regresó.

No era un arma. Era una apuesta.

Lo mismo ocurrió en el aire.

El proyecto Reichenberg, una versión tripulada de la bomba volante V-1, fue diseñado como un misil humano. Se retiró parte del sistema automático y se añadió una cabina. El piloto debía dirigir el aparato hacia un objetivo estratégico y, en teoría, saltar en paracaídas en el último segundo.

En la práctica, volar a más de 650 km/h en picado hacía que escapar fuera casi imposible.

Se entrenó incluso un escuadrón llamado Leonidas, compuesto en gran parte por jóvenes sin experiencia real de combate. Pero el proyecto nunca llegó a utilizarse operativamente. Incluso dentro del propio aparato nazi hubo quienes lo consideraron una línea que no debía cruzarse: convertir al piloto en parte desechable del arma.

Estas máquinas no nacieron de la innovación, sino del agotamiento.

Cuando una guerra deja de poder ganarse con estrategia, industria o diplomacia, comienza a cobrarse con cuerpos.

Y cuando una tecnología ya no busca proteger a quien la usa, sino consumirlo, deja de ser una herramienta y se convierte en un síntoma.

El síntoma de un régimen que ya no tenía futuro… y estaba dispuesto a gastarlo todo en retrasar su final.

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