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Por Anette Espinosa ()
La Habana.- El castrismo exhibe, una vez más, el desgaste terminal de su libreta de manipulaciones. La coreografía del poder, ese ritual exhausto de simular respaldo multitudinario, ha tocado fondo en su patetismo. Para conmemorar el natalicio de José Martí, faro moral de la nación, el régimen no ha apelado al fervor espontáneo, a la convicción cívica o al simple deseo de honrar. No. Ha recurrido al método más burdo y coercitivo de su catálogo: la movilización forzosa de niños.
Exigir a familias de municipios como Plaza, Cerro, Centro Habana y Playa que tengan a sus hijos en las escuelas a las seis y media de la mañana para trasladarlos a la Plaza de la Revolución no es un acto de celebración. Es una confesión de bancarrota política.
La operación es un calco desvaído de viejas fórmulas ya inservibles. Recuerda a la mecánica agotadora de los desfiles del Primero de Mayo, donde se canjeaba presencia por ausencia laboral, o a aquellas tribunas abiertas de somnoliento recuerdo, donde se hacinaba a la gente desde la noche anterior para escuchar peroratas interminables contra un enemigo lejano.
El guion nunca varía: se secuestra un símbolo patriótico —en este caso, la pureza del ideario martiano— y se le vacía de todo significado para convertirlo en escenografía de un culto personalista ya irrelevante. El discurso, predecible, pivota entre la autoglorificación y la diatriba contra Estados Unidos, mientras la audiencia, cautiva, cuenta los minutos.
Sin embargo, esta vez el mecanismo chirría con un sonido distinto, un crujido seco que delata la ruptura. El aparato de presión, que durante décadas funcionó con la eficacia del miedo y la uniformidad, ha topado con un muro nuevo: el rechazo sereno y firme de los padres.
Frente a la orden emanada de la maquinaria escolar, un número significativo de familias ha pronunciado un “no” simple y contundente. Se han negado a usar a sus hijos como relleno decorativo para la foto oficial, a someterlos a una jornada de agotamiento y politización burda. Este rechazo no es un grito en la plaza; es un susurro cargado de dignidad que recorre los grupos de WhatsApp de cada aula, espacios que se han convertido en la verdadera asamblea popular de nuestro tiempo.
La notable crispación y el descontento visibles en esos chats son el termómetro más fiel de la temperatura social. Allí, lejos del ojo omnipresente del Estado, los padres comparten su hastío, coordinan su negativa y desmontan, línea de texto en línea de texto, la última ficción del régimen.
El maestro, otrora figura de autoridad incuestionable, se ve reducido a la incómoda posición de un mensajero de consignas que ya nadie quiere escuchar, presionando a unos padres que han dejado de tenerle miedo. La escuela, ese espacio esencial de socialización, se convierte en el frente silencioso donde se libra la batalla por la autonomía familiar frente al Estado voraz.
Esta negativa colectiva, tejida en el espacio digital pero concretada en la realidad tangible de un niño que se queda en casa, es un parteaguas. Demuestra que el castrismo ha agotado su último recurso de presión blanda: la instrumentalización de los hijos.
Ya no puede apelar al patriotismo, porque lo ha prostituido; ni a la lealtad ideológica, porque se evaporó; ni al bienestar material, porque lo desmanteló. Su único argumento restante —la coerción sobre la familia— se está quebrando entre sus dedos. El poder que una vez movilizó multitudes hoy no puede garantizar ni el llenado de una plaza con escolares, sin recurrir al autoritarismo más transparente.
El acto por Martí, pues, se transforma en la más elocuente metáfora del momento histórico. Mientras en la plaza se intenta escenificar un respaldo que no existe, en los hogares se construye, ladrillo a ladrillo, el único consenso verdadero: el del rechazo a ser usado, a ser parte de la farsa.
El castrismo no se ha vuelto loco; simplemente está quedando al descubierto, operando desde la total nulidad de crédito moral y político. Ya no tiene a qué apelar. Su teatro necesita niños actores, y los padres, por fin, se niegan a entregarlos al escenario.