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¡Ojo a la última de los Juegos Olímpicos de Invierno, porque la picaresca no tiene límites!
Para que lo entendáis: los saltadores pasan por un escáner 3D antes de competir. Ese bicho mide su zancada y, según lo que diga la máquina, se les asigna la talla del mono.
• La trampa: Cuanto más holgado sea el traje, más aire atrapa y más lejos vuelas.
• La cifra: Solo dos centímetros extra de tela equivalen a un 5% más de vuelo. ¡Eso son casi seis metros más de aterrizaje! Una barbaridad que te da el oro mientras otros se quedan mirando.
Aquí es donde la cosa se pone surrealista. Según se comenta en la prensa internacional, algunos atletas están usando ácido hialurónico para agrandarse el pene justo antes de pasar por el escáner. ¿El objetivo? Que el bulto falsee la medición de la entrepierna, el escáner les asigne una talla de traje mayor de la que necesitan y, una vez en el aire, ese mono «talla XXL» funcione como un paracaídas que les haga flotar sobre los demás.
Antiguamente, cuando la medición era manual y con cinta métrica, los más pillos se ponían condones de silicona para «abultar» el expediente. ¡Pura ingeniería de mercadillo!
Pero, amigos, como bien sabéis, la historia es un círculo vicioso y esta obsesión por los centímetros no es nueva, aunque antes te jugabas el alma y no una medalla.
Si nos vamos a la Edad Media, el tamaño no era una cuestión de aerodinámica, sino de supervivencia legal y social.
Durante siglos, el matrimonio no era solo una unión sentimental o económica. Era, ante todo, un contrato con un objetivo muy claro: la procreación. Y claro, si no había posibilidad de consumar el matrimonio, aquello podía convertirse en un problemón legal. Porque sí, la Iglesia consideraba que un matrimonio sin consumación podía ser anulado. Así, sin anestesia emocional ni discreción.
Aquí es donde la historia se pone entre surrealista y tragicómica. Cuando una esposa alegaba que su marido no podía cumplir con el llamado “débito conyugal”, se activaba toda una maquinaria judicial. No hablamos de rumores ni de chismorreos de vecindario. Hablamos de procesos formales, con clérigos, testigos, informes… y, en ocasiones, inspecciones físicas realizadas por matronas o personas consideradas expertas en la materia. Imagina el nivel de humillación pública: tu intimidad convertida en expediente. Pero la cosa no terminaba ahí.
En algunos casos extremos, los tribunales podían exigir pruebas prácticas para demostrar que el matrimonio podía consumarse. Sí, lo que estás pensando. La pareja debía intentar mantener relaciones bajo supervisión o con testigos que certificaran si aquello funcionaba o no. Un auténtico espectáculo judicial (bajo una terrible presión para el marido) que hoy nos parecería una barbaridad, pero que en su contexto se veía como un procedimiento para resolver disputas matrimoniales.
Si el marido no lograba demostrar su capacidad, el matrimonio podía declararse nulo. Eso permitía a la mujer volver a casarse, mientras que el hombre cargaba con un estigma social que podía perseguirle durante toda su vida. En una sociedad donde el honor masculino estaba ligado a la virilidad y la capacidad de fundar familia, aquello era un golpe devastador.
La historia es maravillosa: hemos pasado de inspecciones oculares por «incapacidad de procrear» a escáneres 3D por «exceso de volumen aerodinámico». Siglos de evolución para acabar, otra vez, pendientes de lo que cada uno guarda en su entrepierna. (Tomado de Historias de la Historia)