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Criminales del silencio: cuando el artista se arrodilla ante el verdugo

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.Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Cuando el arte pierde su valor moral, el artista deja de ser conciencia y se convierte en sombra. Y hay una verdad que no admite maquillaje: no se puede alabar a Dios y reunirse con el diablo. No se puede cantar al Apóstol y, al mismo tiempo, convivir con la maquinaria que aplasta al pueblo. No se puede hablar de espiritualidad y dignidad, mientras se comparte mesa, brindis y complicidad con una tiranía brutal.

En Cuba, dos figuras encarnan esa degradación con claridad ofensiva: Abel Prieto y Amaury Pérez. Dos hombres que han tenido visibilidad, tribuna y privilegios, pero que han escogido la peor de las posturas: mirar hacia otro lado, callar ante la injusticia, y sostener con su presencia pública la mentira del régimen. Son, en el sentido más profundo, criminales del silencio.

Su cercanía con Díaz-Canel no es casualidad, ni un simple gesto de cortesía institucional. Es un vínculo de conveniencia, una relación de mutuo beneficio. Se les ve en actos, celebraciones, entrevistas, en la zona iluminada del poder, esa donde nunca faltan los brindis, la sonrisa y la retórica vacía. Mientras tanto, la nación real —la de abajo— se desangra en la miseria: apagones interminables, hambre, hospitales en ruinas, jóvenes escapando, ancianos revolviendo basura, familias que sobreviven sin esperanza.

Y sin embargo, no se les oye un suspiro.

Dos domesticados

Amaury Pérez, que se presenta como hombre sensible, que canta al Apóstol, que presume de ir a misa, ha decidido convertir su talento en un instrumento de legitimación. Su voz, que pudo haber sido bálsamo y denuncia, se ha vuelto acomodaticia.

No canta para los que sufren, canta para los que mandan. Y en un país donde el dolor se ha vuelto rutina, ese silencio no es neutral: es complicidad.

Abel Prieto, por su parte, ha sido ministro, ideólogo cultural, y figura de influencia. Se supone que un escritor es alguien que mira de frente, que incomoda, que revela. Pero Prieto es exactamente lo contrario: un intelectual domesticado.

No escribe una sola línea que pueda enojar a la dictadura. No se le conoce una defensa pública del artista reprimido, del periodista encarcelado, del ciudadano golpeado, del joven condenado por protestar. Su pluma, si existe, está secuestrada por el cálculo y la conveniencia.

La máscara del artista servil

Y aquí está el punto esencial: estos hombres no son simples simpatizantes. No son ingenuos. No son víctimas de una confusión. Son parte del engranaje moral que sostiene al poder. El régimen no solo se alimenta de policías, tribunales y cárceles; se alimenta también de rostros respetables que sirven como máscara. Y esa máscara tiene un nombre: el artista servil.

Hay artistas que, por miedo, callan. Y eso ya es triste. Pero hay otros que callan y además celebran. Que callan y brindan. Que callan y se pasean en la comodidad. Que callan y aplauden. Que callan y se fotografían con los verdugos. Esos no son solo cobardes: son colaboradores.

Cuba está hoy en un punto de quiebre. Ya no se trata de ideologías, sino de supervivencia, de decencia humana. Y ante esa realidad, el silencio de quienes tuvieron tribuna y prestigio no es una falta menor: es una traición.

Porque cuando un país se hunde y el artista se dedica a cantar para el poder, ocurre lo imperdonable: el arte deja de ser arte y se convierte en propaganda. Y el artista deja de ser creador para convertirse en un instrumento más del abuso.

En tiempos de ruina moral, el silencio también mata. Y hay silencios que no se perdonan.

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