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Por Yeison Derulo

La Habana.- Costa Rica decidió bajar la cortina de su embajada en Cuba. Así, sin mucho rodeo y con una carga política evidente, anunció que cerrará su sede diplomática en La Habana y, de paso, le pidió al gobierno cubano que haga lo mismo en San José: reducir su personal al mínimo indispensable, dejando apenas un equipo consular que atienda a sus ciudadanos. Una decisión que, más que administrativa, tiene olor a posicionamiento claro en medio de un tablero regional cada vez más tenso.

La justificación oficial no se anduvo por las ramas. Desde San José hablaron de preocupaciones por la falta de libertades en la isla, de condiciones democráticas inexistentes y de una realidad que —según sus autoridades— no puede seguir ignorándose.

Costa Rica, con ese tono de país institucional que le gusta proyectar, dejó caer el mensaje: no se quedará callada frente a lo que ocurre en Cuba. Traducido al lenguaje de la calle, esto es un golpe diplomático con todas sus letras.

Del otro lado, como era de esperar, la reacción no tardó en llegar. Miguel Díaz-Canel salió al paso calificando la medida como unilateral, injustificada y, por supuesto, “inamistosa”. En su mamotreto, no faltó el viejo recurso: culpar a Estados Unidos.

Según Limonardo, esta decisión responde a presiones de Washington y forma parte de una ofensiva fallida contra la isla. El libreto es conocido, repetido hasta el cansancio, aunque cada vez convence a menos gente.

Lo interesante aquí no es solo el cruce de declaraciones, sino lo que representa en el fondo. La relación entre ambos países queda reducida a lo mínimo, al terreno consular, como si todo lo demás sobrara. Es un mensaje político que trasciende a Costa Rica y apunta a una tendencia más amplia: gobiernos que empiezan a marcar distancia, algunos por convicción, otros por conveniencia, pero distancia al fin.

Y mientras tanto, el pueblo cubano sigue en el mismo punto: atrapado en medio de decisiones que se toman lejos de su realidad cotidiana. Al final, ni los comunicados diplomáticos ni los discursos encendidos resuelven lo esencial. La vida en la isla continúa marcada por las mismas carencias, las mismas restricciones y el mismo desgaste. Lo demás —cierres de embajadas, acusaciones y contraacusaciones— es ruido. Un ruido que suena fuerte, pero que no cambia nada.

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