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Por Luis Alberto Ramirez ()

Miami.- Para nadie es un secreto que el régimen de Cuba ha manipulado históricamente la ayuda humanitaria que llega a la Isla desde el exterior. El patrón es conocido: primero los más leales y confiables al poder; luego, las prioridades sociales definidas por el Estado; y, si queda algo, los damnificados. Esa es la razón principal por la que el Gobierno no permite la entrega de ayuda sin su supervisión o participación directa. Controlar la ayuda es controlar la narrativa.

Sin embargo, a partir del 14 de enero, Estados Unidos comenzó a enviar ayuda humanitaria a las provincias más afectadas por el huracán Melissa, con la colaboración de su embajada en La Habana y de la Iglesia Católica.

Este gesto solidario ha hecho llaga en la conciencia revolucionaria del régimen. No por el contenido del envío, sino porque rompe el monopolio del relato. Desde el primer cargamento, las críticas oficiales y las zancadillas burocráticas no se hicieron esperar.

El gobierno manipula las ayudas

El régimen afirma que “en ningún momento ha habido comunicación oficial del Gobierno de EE. UU. con el Gobierno de Cuba para confirmar tal envío”, y subraya que fue la Iglesia católica cubana quien informó a las autoridades sobre la intención de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos de servir como canal de ayuda. Es una afirmación insostenible. Ni la Iglesia ni ninguna organización sin relación con el Estado puede gestionar ayuda humanitaria por su cuenta sin la autorización expresa de las autoridades cubanas. Decir lo contrario es, sencillamente, mentir.

El mismo Gobierno asegura haber “aceptado esta donación sin condicionamientos”, pero se apresura a atribuirla a “un gesto del pueblo de EE. UU.” no del Gobierno, y a restarle importancia y magnitud. La minimización es parte del guion: aceptar sin reconocer, agradecer sin legitimar, permitir sin perder el control.

Frente a esa narrativa, el secretario de Estado Marco Rubio fue claro: se trata de un envío de ayuda humanitaria valorado en tres millones de dólares, destinado a unas 6.000 familias, alrededor de 24.000 personas, en las provincias orientales más golpeadas por el huracán: Santiago de Cuba, Holguín, Granma y Guantánamo. Datos, cifras y destinos concretos: todo lo que incomoda a un poder acostumbrado a la opacidad.

Es la hora de cambiar la narrativa

El encargado de negocios de Estados Unidos en La Habana añadió una condición esencial: si esta ayuda puede entregarse sin ser interceptada ni mal utilizada por el régimen, existirán oportunidades de seguir mostrando un apoyo tangible al pueblo cubano. En otras palabras, la continuidad de la ayuda depende de que llegue a quien debe llegar, no de que alimente estructuras de control.

El huracán fue devastador. Las condiciones han empeorado y seguirán siendo muy difíciles. En medio de ese escenario, hay voluntad política e intención real por parte de la administración de Donald Trump de apoyar al pueblo cubano. Ese apoyo no se expresa con consignas ni con discursos, sino con acciones verificables.

Aquí está el punto clave: hay que quitarle la narrativa al régimen cubano y devolvérsela a quien corresponde. No se necesitan bombas para desmontar una dictadura que durante sesenta y siete años ha sido dueña absoluta del relato. Basta con la verdad. La verdad que llega en forma de ayuda directa, la verdad que se ve y se toca, la verdad que no pasa por filtros ideológicos. Con la verdad también se gana.

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