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¿Cómo Branch Rickey encontró a Jackie Robinson y desafió al odio?

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A veces, quienes cambian el mundo no están bajo los reflectores. Son quienes, en silencio, deciden que hacer lo correcto vale más que cualquier aplauso.

En 1909, Branch Rickey era apenas un joven entrenador universitario. Su equipo viajaba por Indiana cuando a uno de sus jugadores, Charles Thomas, le negaron una habitación de hotel por el simple hecho de ser negro.

Rickey discutió. Insistió. No logró nada.

Al final, Thomas pudo dormir en un catre dentro de la habitación de Rickey. Esa noche, Rickey despertó con un sonido que jamás olvidaría.

Thomas estaba sentado, frotándose las manos con desesperación.

“Si tan solo pudiera hacerlas blancas…”, repetía entre lágrimas.

No era rabia. Era humillación. Un joven brillante convencido de que el problema era su piel.

Esa imagen se quedó grabada en Rickey durante décadas.

Treinta y seis años después, en 1945, Rickey ya no era un entrenador desconocido. Era el presidente y gerente general de los Brooklyn Dodgers. El béisbol profesional llevaba más de sesenta años segregado. No había ley escrita, solo un pacto no oficial entre dueños: no contratar jugadores negros.

El riesgo de ir contra el sistema

Romper ese acuerdo significaba convertirse en enemigo del sistema.

Le dijeron que era imposible. Que perdería apoyo, dinero, prestigio. Que los jugadores se rebelarían. Y que los aficionados abandonarían los estadios.

Rickey no tomó la decisión desde la comodidad. La tomó desde la convicción. No buscaba solo talento. Buscaba carácter. Sabía que el primer jugador negro en las Grandes Ligas sería atacado sin piedad. Insultos, agresiones, amenazas. Si respondía con violencia, dirían que la integración era un error.

Jackie Robinson

Necesitaba a alguien capaz de soportar el odio sin devolverlo. Encontró a Jackie Robinson.

En 1945 lo llamó a su oficina. Durante horas simuló los insultos más crueles que escucharía. Lo provocó. Lo empujó emocionalmente hasta el límite.

Robinson preguntó: “¿Busca a un negro que tenga miedo de defenderse?”

Rickey respondió: “Busco a un jugador con el valor suficiente para no hacerlo.”

Al fin cayó la barrera racial

El 15 de abril de 1947, Jackie Robinson pisó el campo del Ebbets Field. El abuso fue feroz. Algunos compañeros no querían jugar con él. Los rivales lo atacaban con palabras y pelotazos. Recibió amenazas de muerte.

No respondió con golpes. Respondió con excelencia. Ganó el premio al Novato del Año. Forzó a otros equipos a integrar sus plantillas. Para 1959, toda la MLB estaba integrada.

Cuando le preguntaron a Rickey por qué arriesgó todo, su respuesta fue sencilla: “Algún día tendré que presentarme ante Dios. Y no creo que ‘por el color de su piel’ sea una respuesta aceptable.”

Jackie Robinson se convirtió en símbolo. Su número 42 fue retirado en todas las Grandes Ligas. Cada año, el 15 de abril, todos los jugadores lo llevan en su honor. Y con razón. Pero detrás de ese momento histórico hubo un hombre que decidió que la injusticia no podía seguir siendo norma.

Rickey no buscó gloria. Buscó coherencia. Porque una noche de 1909 vio a un joven intentar borrar el color de sus manos… y decidió que, si algún día tenía el poder para cambiar eso, lo haría.

Algunas revoluciones no empiezan con discursos. Empiezan con una conciencia que se niega a callar.

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